Una de las llaves del éxito, en cualquier objetivo que nos propongamos, es la perseverancia. Se trata de ser constantes, de no cansarnos a la mitad del camino, de resistir los deseos de tirar la toalla y seguir en el intento.
A la perseverancia le ayuda el hábito. La rutina diaria que establece ritmos y pautas de comportamiento que se convierten en inercia propia.
La superación de adicciones, relaciones tóxicas y conductas no deseadas puede fundamentarse en esa forma de actuar que descansa en actividades reiteradas que se convierten en costumbre. Aquello que ahora nos perjudica está instalado en nuestro comportamiento igualmente como un hábito al que un día nos acostumbramos.
No hay otro remedio que perseverar. Y perdurar en el intento no significa simplemente aguantar más. Se trata de resistir en la certeza de que un “día también pasará” lo que nos asola, lo que desde nuestro torbellino de sensaciones nos tiene presos en la celda más tórrida.
La perseverancia implica algo más fuerte que mantenernos simplemente aferrados a algo, lo que podría indicar solamente una manifestación de lo que tememos volver a caer en aquello de lo que tratamos de apartarnos.
Va más allá. Es nuestro sagrado esfuerzo por manifestar el ser supremo que llevamos dentro. La parte divina que todo lo puede, que todo lo conoce y que a todo llega. Es la verdadera conexión con lo que nos constituye y el reconocimiento de que efectivamente está presente cuando lo necesitamos.
Basta conectar con el deseo de lograrlo. Dejar la mente libre de pensamientos, desalojar las ideas y despejar el camino del vínculo que nos lleva hasta la verdadera morada del alma.
Allí, en el silencio que todo lo dice, comenzaremos a sentir que nos hemos librado de lo que tanto nos somete porque no hay grilletes para la esencia de nuestro ser más auténtico. Todo es posibilidad ilimitada y libertad sin condiciones.
Construyamos la ruta del éxito sobre nosotros mismos. Creémonos un altar en el corazón y entonemos el canto más dulce. El resto estará ya conseguido.