La vida se rige por los cursos escolares. Esta afirmación que parece tan parcial, no lo es tanto si atendemos a que este “concepto” se emplea en la política o en el periodismo y marca, sin duda, unos límites que se circunscriben a junio y septiembre.
Tengamos niños en edad escolar o no, sabemos muy bien cuando comienzan las clases. Nos lo anuncia el Corte Inglés, no lo recuerdan el comienzo de las colecciones en los kioscos y también las galletas con las que éstos harán sus descansos en los recreos.
Más o menos, tod@s sabemos cuándo es el momento de terminar o comenzar las clases. Estamos concluyendo éste curso que se irá pronto… y con ello, la vida cambiará.
Las vacaciones parecen llamar a nuestra puerta, el trasiego de armarios coincidente con el verano se impone, los horarios diferentes o el ritmo de vida latiendo con otro compás, nos dicen que algo cambió.
Cuando termina un curso no es muy diferente a cuando algo finaliza en la vida. Sabemos que los cursos siguen, que vendrán nuevos aprendizajes, que cometeremos errores nuevos, que caeremos y nos volveremos a levantar. Sabemos también, que los cursos algún día terminan pero solamente darán paso a una nueva etapa donde luego, añoraremos aquello de lo que tanto desdijimos.
La vida misma es así. Añoramos lo pasado pensando que tuvo bondades que no volverán. Tememos el futuro que siempre incierto nos avoca a la ansiedad del qué sucederá después. Sin embargo, todos queremos pasar de curso, avanzar, llegar a la meta de cada cual. Por eso, comenzar uno nuevo se convierte en toda una aventura imposible de remplazar.
Estemos o no en un colegio, en edad escolar o tengamos hijos en ella, de cualquier forma vamos a enterarnos de que un curso más termina y de que pronto, otro comenzará.
Así es el ciclo de la vida.
