No hay más remedio que soñar. Hacemos la vida demasiado complicada para que podamos vivir sin sueños que nos ayuden a pasarla.
Muchas veces podemos pensar que enredarnos en los oníricos devaneos de la mente equivale a alejarnos de esa realidad cuyo apego ha constituido un valor añadido a la sensatez. Sin embargo, no nos damos cuenta que soñar es imprescindible para salvarnos del agotamiento que conlleva el sufrimiento.
Los sueños siempre son una vía creativa de reconstrucción de las emociones curativas que debemos manejar para sanar las enfermedades del alma.
Podemos mantener un coqueteo con la fantasía y soñar despiertos o jugar a media luz, con la ilusión y recrear anhelos, rescatar voluntades o sofocar desánimos. Podemos hacerlo a plena luz del día o en la intimidad de la noche con los ojos abiertos.
Para soñar no es necesario estar dormidos. Basta alejarnos de lo contingente e idear un mundo solo nuestro donde dirigimos nosotros. Posiblemente, es el único espacio en el que los acontecimientos se suceden en cascada desde lo imposible hasta lo posible, desde lo estático a lo animado, desde el dolor hacia el placer.
Sin sueños no podríamos resistir la vida. La percepción de lo que sufrimos es tan poderosa e invasiva que si nos pidiesen que hiciésemos un balance sobre nuestra existencia, aun sin ser demasiado escabrosa, tendríamos la sensación de que lo bueno era más bien escaso.
Los otros sueños, los que se producen mientras dormimos, esos que parece que no podemos controlar, son grandes maestros si sabemos recibir sus mensajes.
Todo lo que en ellos aparentemente no tiene sentido, encaja a la perfección en el escenario de la biografía de nuestros temores, inseguridades e incertidumbres. Si logramos encontrar el hueco que les corresponde podremos entender el mundo y entendernos mejor cada día.
Aprender a soñar despierto, debería ser una materia obligada desde la escuela. Seguro que lograríamos, a través de ello, sacudirnos los complejos, las trabas mentales y las ideas paralizantes que nos infravaloran tanto ante nuestros propios ojos.
Hay que atreverse a soñar y a hacerlo tanto como nos apetezca.
Es, sin duda, un medio seguro para deslizarnos por la felicidad.