Tod@s queremos ser fuertes. Nos han enseñado que solamente la fortaleza, gana. Que si te muestras débil, los demás se aprovechan y que nunca lograrás algo importante si no vas con las garras levantadas atacando antes de que te ataquen.
Todo ello ha creado un perfil conductual muy concreto. La competitividad cada día es más fuerte, el compañero es un rival, el amigo un potencial traidor o tu pareja puede engañarte sin darte cuenta en cualquier momento. Pensamos, a base de habernos alertado sobre ello, que debemos protegernos, que la vida no es tan fácil y que la gente no es tan bondadosa como creemos.
Puede que a veces sea así. Puede, incluso, que estos escenarios se dan más frecuentemente de lo que nos gustaría. Puede que comencemos la vida con tanta inocencia que despertar de ella suponga una bofetada demasiado fuerte. Pero aun así, y a favor de quienes no cumplen con este estado de lucha continua, hemos de abrazar nuestra fragilidad y permitirnos tenerla.
Debemos educar para que los demás, y nosotros mismos, admitamos que ser fuerte no es la única opción. Que sentirnos débiles, conocer esas debilidades y saber manejarlas es, en realidad, lo que nos hará poderos@s. Que la fortaleza pasa por aplicar herramientas de control y transformación de lo que sea nuestro talón de Aquiles. Ahí, entonces, y solo ahí, venceremos. Y no sólo a los demás, sino a nosotros mismos que es la verdadera victoria que puede darnos la seguridad de mantener controlado en timón de nuestra vida.
No escondas tus debilidades. No las niegues en ti, más bien déjalas que afloren, conócelas, hazte amig@ de ellas y transfórmalas en fortalezas de ti mismo; siendo así, nadie podrá tumbarte en la batalla que sea que libres porque antes de nada ya te habrás vencido a ti mismo, dentro de ti, muchas veces.
