Abriendo la puerta...

"Si no tenemos paz dentro de nosotros, de nada sirve buscarla fuera"

Francoise de la Rochefoucauld


lunes, 13 de enero de 2020

TÚ NO LO SABES




Lo peor es no saberlo. No saber de lo que eres capaz, ni en lo bueno, ni en lo malo.
A veces, hacemos cosas, nos metemos en problemas sin necesitarlo, creemos en la gente sin comprobar si lo merecen, suponemos que nos van a devorar las ataduras y no vemos que las únicas cadenas son las de nuestra mente.
Este cuento de J. Bucay es un clásico en las consultas de coach y psicólog@s que se encargan de reconducir las conductas erróneas de la gente que se siente débil o que la hacen sentir así.
Recordemos lo que dice.




“…Cuando yo era chico me encantaban los circos, y lo que más me gustaba de los circos eran los animales. También a mí como a otros, después me enteré, me llamaba la atención el elefante. Durante la función, la enrome bestia hacia despliegue de su tamaño, peso y fuerza descomunal... pero después de su actuación y hasta un rato antes de volver al escenario, el elefante quedaba sujeto solamente por una cadena que aprisionaba una de sus patas clavada a una pequeña estaca clavada en el suelo. Sin embargo, la estaca era solo un minúsculo pedazo de madera apenas enterrado unos centímetros en la tierra. Y aunque la cadena era gruesa y poderosa me parecía obvio que ese animal capaz de arrancar un árbol de cuajo con su propia fuerza, podría, con facilidad, arrancar la estaca y huir. El misterio es evidente: ¿Qué lo mantiene entonces? ¿Por qué no huye? Cuando tenía 5 o 6 años yo todavía en la sabiduría de los grandes. Pregunté entonces a algún maestro, a algún padre, o a algún tío por el misterio del elefante. Alguno de ellos me explicó que el elefante no se escapaba porque estaba amaestrado. Hice entonces la pregunta obvia: -Si está amaestrado, ¿por qué lo encadenan? No recuerdo haber recibido ninguna respuesta coherente. Con el tiempo me olvide del misterio del elefante y la estaca... y sólo lo recordaba cuando me encontraba con otros que también se habían hecho la misma pregunta. Hace algunos años descubrí que por suerte para mí alguien había sido lo bastante sabio como para encontrar la respuesta: El elefante del circo no se escapa porque ha estado atado a una estaca parecida desde muy, muy pequeño. Cerré los ojos y me imaginé al pequeño recién nacido sujeto a la estaca. Estoy seguro de que en aquel momento el elefantito empujó, tiró, sudó, tratando de soltarse. Y a pesar de todo su esfuerzo, no pudo. La estaca era ciertamente muy fuerte para él. Juraría que se durmió agotado, y que al día siguiente volvió a probar, y también al otro y al que le seguía... Hasta que un día, un terrible día para su historia, el animal aceptó su impotencia y se resignó a su destino. Este elefante enorme y poderoso, que vemos en el circo, no se escapa porque cree -pobre- que NO PUEDE. Él tiene registro y recuerdo de su impotencia, de aquella impotencia que sintió poco después de nacer. Y lo peor es que jamás se ha vuelto a cuestionar seriamente ese registro. Jamás... jamás... intentó poner a prueba su fuerza otra vez... “

No hay cadenas más fuertes que las que crees que te atan. Prueba. Comienza a caminar. Sigue. Avanza. No te detengas. Pase lo que pase. No hay otra opción mejor que seguir.

jueves, 9 de enero de 2020

BUSCA TU HUECO


Nadie está libre de problemas. Unos reales y acuciantes; otros magnificados y delirantes. Pero en cualquier caso, nadie lo tiene todo.

En ocasiones creamos problemas donde no los hay y creemos ver fantasmas donde solamente hay aire libre para darle la forma que deseemos.

Uno de los aspectos más importantes en la persona son sus miedos o lo contrario, la falta de ellos. Quienes reconocen sus miedos, al menos, están en el camino de su solución, pueden transitarlos e incluso salir con ellos de su mano. Quienes temerariamente no reconocen ninguno, implícitamente tienen muchos silenciados, reprimidos y hasta enquistados en el fondo de su alma por lo que, sin saberlos, se beben un veneno del que nadie puede librarles.




El miedo a la soledad es uno de los más fuertes que de forma instintiva sentimos por ser seres sociales y necesitar de la gente también para realizarnos. Por eso, los que dicen no tener miedos lo tienen muy acentuado y se deshacen en búsquedas continuas de personas que llenen los huecos terribles que no reconocen. No pueden estar solos porque ello les obligaría a encontrarse con el ser que son y estar frente a él les asusta.

Aquellos que de forma explícita reconocen el temor a la soledad del solitario, no se conforman con cualquier cosa, sino que esperan su hueco, el lugar que les corresponde sin forzar el encuentro, sin necesitar fagocitar al de al lado para sentirse plenos.

Siempre es mejor lo simple. Dar espacio y tiempo a cualquiera de nuestros problemas. Confiar en las soluciones que de forma natural trae la vida y entender que si uno está bien consigo mismo, el resto va de regalo, pero no se necesita.

Busca tu hueco dentro de ti. 

Esto te hará imparable.

domingo, 5 de enero de 2020

¿Y TÚ QUÉ PIDES?...



Hoy es una noche especial…

Cuando el reloj marque 00:00…

Cierra los ojos…

Respira profundo…

Conéctate con todo lo que no es mundo…

Imprégnate de todo lo que te hace feliz…

Sumérgete en tus deseos más profundos…



Imagínate siendo  protagonista…

Disfruta de las sensaciones que te abrazan.

Vuelve a respirar la magia de la noche.

Susurra en los oídos de los dioses,

Todo lo que necesitas…

Confía.

Abre los ojos; el pedido está hecho.

No te agites por la tardanza de su llegada…

Es lo tuyo.
Llegará.

                           

miércoles, 1 de enero de 2020

¿SE TERMINAN LOS BUENOS DESEOS?



Me fascina el efecto “navideño” de emprender la batalla por ser quien más y mejores deseos lanza a familiares, amistades o conocidos. Y me sorprende tanto porque la vida después es otra cosa. Se terminan las Navidades y todo vuelve a su cauce, es decir a la vida normal donde la gente no es tan amable, ni se entrega a  bondades desde lejos, ni se envía mensajes tan tiernos y dulzones.





Después de Reyes se produce una transformación en todos. Es como si entrásemos en una dimensión diferente a este tiempo, un mundo paralelo que se nos olvida muy pronto. Un paréntesis del que en realidad estamos deseando salir porque nos obliga a manifestar unos sentimientos, muchas veces, construidos artificialmente que parecen no tener fin.

El término de este periodo es un alivio. Una vez satisfechas las primeras ganas de abrazos y besos, de mensajes que llenan el teléfono, de regalos meditados e improvisados, comidas excesivas y nostalgias dormidas, solo nos quedan las risas y las ilusiones de los niños, donde les haya. Y aún eso cansa.

Lo cierto es que estamos hechos a las rutinas. A los hábitos que nos instalan en lo conocido. A nuestros malos humores, de vez en cuando, e incluso a nuestras soledades deseadas.

Lo cierto, también, es que estamos deseando meter en las cajas los adornos que muy pronto se vuelven ridículos nada más que ha pasado el día de Reyes.

Aunque creamos por unos días que la vida es de otra forma sabemos que no es así, aunque nos gustaría vivir un mundo distinto pero que nos rodease sin tener que esforzarnos en construirle. Algo así como la Navidad que termina. Hecha ya desde que hemos nacido y a la que solamente tenemos que acoplarnos.

Acabamos de comenzar otro año. Uno especial, sin duda. Al menos lo fue hace 100 años. ¿Quién puede decirnos que no lo será también ahora?.

Lo comenzamos con esa esperanza pero sin olvidar que, en gran medida, depende de nosotros, de cómo interpretemos lo que nos sucede y de la solución o la respuesta que demos a ello.

El resto queda al azar; un destino que cumpliremos queramos o no.