Ni todo va bien siempre, ni la vida es lineal y plana. Nos suceden cosas, buenas y malas o, al menos, así lo interpretamos.
Cuando estamos disfrutando, las horas, los días e incluso los años pasan sin sentir. Lo peor llega cuando alguna desgracia, del tipo que sea, se ciñe sobre nosotros y nos encoge el alma. Es ahí cuando nos encontramos perdidos y de alguna manera, buscamos refugio en lo que sea que nos alivie.
Es necesario tener siempre un lugar, una persona, una idea, una creencia…algo que nos de cobertura y nos apoye. Es imprescindible tener herramientas con las que salvarse. Es indispensable seguir viviendo, sobrevivir a la desgracia, incluso aprender de ella y sobreponernos. Tal vez, nada volverá a ser igual dentro de nosotros. Posiblemente, nos hayamos convertido en otra persona que siente diferente, que vive su realidad de otra forma o que pasa por el mundo de manera distinta. Seguramente, nuestra mirada tenga otro tono y nuestras palabras se hayan vuelto menos dulces, más transparentes y menos condicionadas. Pero la vida sigue siempre, sin nosotr@s también.
Hay muchos cobertizos que nos esperan. Busca podcast sobre tu problema, escucha a gente que ya ha pasado por tu experiencia, lee libros que aporten luz a tu angustia y calmen tu corazón, pero sobre todo haz el esfuerzo de escribir lo que sientes día a día, o al ritmo que tu estimes; hazlo procurando encontrar ese rato a solas contigo y con un amigo silencioso y sincero como es el papel. Vuelca lo que te sucede, expresa tu rabia, tu ira, el desconcierto o la tristeza. Hazlo como antes, nuestras abuelas lo hacían con un confesor. No lo releas, déjalo reposar y sigue haciéndolo hasta que la intensidad de tu angustia baje.
Después de un tiempo, cuando vuelvas a ello ya reposd@, entenderás todo lo que te pasó, lo que generó en ti y por qué; así como la inmensa mejoría desde la que lo vuelves a leer, sintiendo el regocijo de haber crecido con ese dolor.
