Sería estupendo que en el paquete de la herencia que nos llega de nuestros antecesores estuviese el resultado de la experiencia. No exactamente, esa secuela personal e intransferible de lo que pasó, sino el néctar puro de los actos y sus consecuencias. Por supuesto que es imposible. Explica un refrán que “nadie escarmienta en cabeza ajena” y la sabiduría popular es en ello, soberana. Cada cual debe hacer su camino aunque se encuentre con las mismas piedras que el compañero. La forma de verlas, la disposición para sortearlas, la habilidad para saltarlas o la torpeza de empotrarlas nos irá delimitando nuestra senda, la de cada uno de nosotros.
No queremos que sufran los que nos importan. No podemos soportar que vayan a caer en donde ya hemos caído nosotros. No estamos dispuestos a permitir que la herida que tanto tardó en cicatrizar en nuestra piel, se repita en la epidermis del que amamos. Y sin embargo, son ellos mismos los que nos invitan a retirarnos a tiempo. Antes de que no puedan aguantar nuestro direccional consejo. Antes de enfrentarse a nuestra sabiduría para rechazarla; mucho antes de que la batalla se desate sin reparar a quien se hiere. La postura a adoptar no es sencilla. Nos debatimos entre el conocimiento de las consecuencias ya vividas y el respeto por lo que otros deben vivir. Sabemos que nada de lo que digamos será entendido en un primer momento. Por lo que no queda nada más que recurrir a la paciencia. Una inmensa paciencia que, tarde o temprano, dará sus frutos. No se trata de dejar pasar la vida de los que nos importan como si se fuese una película. No podemos ser meros espectadores como si los que van a caer no estuviesen formando el tejido de nuestro corazón. Pero no olvidemos, y lo hacemos muchas veces, que tampoco somos los protagonistas. Que cada uno debe pasar por lo que le ha de enseñar lo que le falta de aprender. Que realmente, uno puede estar siempre para demostrar al que se inicia que hay un pilar que lo sostiene incondicionalmente. Para decirle, incluso sin palabras, que el amor que nos une está por encima y por debajo de las diferencias y que ante todo, pase lo que pase, seguiremos estando para ayudarle a retomar la vida. A veces, es mejor pararse. Quedarse quieto una vez que hemos hecho lo correcto que nos pide el corazón y esperar, aunque sea con desesperanza silenciada, a que sean ellos los que vuelvan. Porque siempre vuelven. Siempre. Y entonces, lejos de utilizar el reproche, hagámonos uno con la sabiduría que acaban de alcanzar aún a través del dolor…y brindemos con besos y abrazos serenos, su esperado regreso.