Esperamos siempre que otro momento llegue, pensamos que el mañana, el futuro, cuando se cumpla esto o lo otro, seremos más felices, cumpliremos nuestros sueños y llegará la ansiada paz que se escurre entre los dedos día a día.
Lo cierto es que, a veces, muchas veces, cuando llega lo que tanto deseamos la realidad nos decepciona. Puede que nos guste por un tiempo, pero las altas expectativas que tenemos sobre lo que anhelamos suelen descendernos de golpe a la realidad que se presenta desnuda ante nosotros como ese mañana convertido en el hoy de cada instante.
Las vacaciones, tas esperadas, pueden ser momentos diferentes en los que estamos bien mientras no se prolonguen demasiado. Posiblemente, si no existiese el contraste de la monotonía costosa diaria frente a las aventuras divertidas de momentos puntuales, no seríamos capaces de apreciarlas tanto.
A veces, tenemos que recolocarnos en ambientes y horarios diferentes. Vernos demasiado con la gente que, incluso en casa, nos encontramos poco. Hay que volver a reinventar los espacios, las palabras y hasta los gestos. El verano nos pone a prueba. Nos aleja del deseo de vivir lo diferente para meternos de cabeza en él, sin darnos cuenta que el tiempo cuenta, que hasta lo bonito cansa y que el reemplazo y alternancia de una situación con su contrario, se presenta como una auténtica bendición.
Disfrutemos del verano sin perder la perspectiva de lo cotidiano. No hagamos de la aventura externa un continuo sesgo de la vida diaria o tendremos el peligroso destino de estar siempre en una ansiedad continua por devorar cosas nuevas sin las cuales, el resto carece de interés.
Estemos fuera, en la diversión, sin olvidar permanecer siempre dentro, en la tranquilidad.
