No lo podemos negar y menos obviar. Tod@s tenemos miedo; un miedo presente que va creciendo sutilmente como sustrato de fondo y que, sin darnos cuenta, va envolviendo la vida.
Cuando el panorama mundial es tan desalentador, pero aún pareciese que no nos afecta por lejano y ajeno, ese miedo es todavía difuso. Sin embargo, el miedo, nunca es un enemigo menor.
Podemos tener miedos diferentes, miedos inconcretos, fobias específicas, temores concretos anclados en un pasado que los justifica. Podemos ser, incluso, unos paranoicos del miedo y sentir temor ante lo desconocido, ante lo futurible o ante desgracias no sucedidas que nuestra mente imagina.
Pero también podemos ser lo contrario. Temerarios que nunca perciben el peligro, personas que ante lo que entraña riesgos importantes su mente se envalentona y deja de percibirlos como tal. Osado e inconscientes que, muchas veces, sucumben en su falta de visión. Audaces, intrépidos y denodados que no miden sus fuerzas.
En cualquier caso, hasta en aquellos que dicen no sentir temor alguno, algo bulle por dentro en ese intento de verlo todo amplio, liso y claro, posiblemente, para que el valor no les falte y no sientan debilidad ante lo que se avecina.
El miedo es un excelente escudo para preservarnos, prevenirnos y protegernos de las amenazas, de los conflictos que llegan, de los peligros que nos acechan.
El miedo es como el dolor, un aviso de que algo no va bien.
Así hay que agradecer que llegue a nosotr@s, como quién anuncia una tormenta para que podamos coger un paraguas, al menos.
Escucha a tus miedos, no para encogerte y cerrar los ojos, sino para empezar a protegerte en todo lo que sea posible. Es un amigo. Llega para avisarte. Míralo de frente y sé fuerte aún con él.
