Abriendo la puerta...

"Si no tenemos paz dentro de nosotros, de nada sirve buscarla fuera"

Francoise de la Rochefoucauld


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martes, 3 de enero de 2012

LA CUESTA DEL PASADO

Concedemos un peso excesivo al pasado cuando le dejamos intervenir, una y otra vez, en nuestra vida diaria. Es como si la mente estuviese decida a no olvidar y a no hacerlo nunca. Incluso cuando la terrible enfermedad de la memoria se hace presente, el pasado no se ha ido de ella. Si alguna imagen aparece en el recuerdo de estos enfermos siempre se liga al tiempo que pasó y que se perpetúa indeleble en lo poco que queda de sí mismos.
         Cuando retrocedemos rememorando las acciones, los errores, los fracasos, añorando lo que pudo haber sido y no fue…estamos viviendo en un escenario que ya no existe. Concedemos existencia real a lo que de ninguna forma puede cambiarse y cuyo poder para hacernos daño se escapa en la distancia temporal que nos separa de ello.
         Sin embargo, la voz interna que nos acompaña siempre comienza a dominarnos cuando le permitimos que se ubique en él y que logre convertirlo en una amenaza que no cede ante nuestras intenciones.
         Tal vez, convenga poner una de una sola abertura entre las situaciones que pasaron y el momento actual. No podemos olvidar. La memoria es un depósito efectivo que nos ayuda a sobrevivir. Pero sí podemos mirar hacia delante desde la atalaya que nos sostiene. Lo que existe únicamente es el momento presente, ese que demanda de nosotros todo nuestro empeño en ser vivido, el que precisa de toda nuestra atención para ser entendido y disfrutado, el que verdaderamente puede darnos satisfacciones o en el que realmente sentimos frustraciones.
         ¿Debemos recordar dolores viejos teniendo los nuevos al lado?¿Debemos regocijarnos en felicidades pasadas pudiendo abrazar las que nos envuelven?¿Debemos sufrir por lo que ya no tiene remedio cuando lo que está por venir siempre puede sorprendernos satisfactoriamente?.
         Es tiempo de empezar de nuevo. Este es el momento de asumir retos, empeños nuevos y metas deseadas que nos devuelvan una imagen exacta de quiénes somos y no de lo que fuimos. Pudimos ser lo peor, pero siempre podemos llegar a ser lo mejor. Pudimos penar hasta la saciedad, pero siempre podremos gozar hasta el infinito. Porque si de algo estoy segura es de que si hemos sufrido es porque tenemos la inmensa capacidad de sentir, de emocionarnos, de hacer nuestros los sentimientos, de no pasar por la vida sin implicarnos en ella.
El pasado es una empinada cuesta en una calle perdida que no hemos de subir ya. Un camino que no conduce a ningún lugar al que debamos ir.
         Si hemos sentido dolor es porque tenemos la grandeza, también, de gozar con la felicidad que nos pertenece.
         Creamos en que nos ha de llegar. Creemos las condiciones idóneas para su llegada y entonces…llegará.

miércoles, 15 de junio de 2011

Ni el pasado, ni el futuro están aqui

Con demasiada frecuencia ideamos nuestro futuro como si lo pudiésemos diseñar a nuestro gusto. Vivimos de seguridades en un mundo de incertidumbres. Cuando la vida nos demuestra una y otra vez que todo es cambio nos empeñamos en ignorarlo y en seguir creyendo que hay un destino que determinará su rumbo.
Cierto es que somos responsables de nuestra realidad inmediata y que, a pesar de no poder controlar las circunstancias externas, siempre podemos crear nuestras propias condiciones interiores para reaccionar ante ellas. Los malos momentos nos suceden, nos pasan de parte a parte, nos envuelven en una espiral de sinrazones que parecen acabar con nuestras fuerzas y hasta intentan equivocarnos haciéndonos creer que podrán con nosotros. Nuestra tarea inmediata es demostarnos que no es así. Que tenemos estrategias mentales para salir adelante y voluntad para seguir creyendo que es posible. 
La categoría temporal de pasado, presente y futuro solemos vivirla mal. Al pasado le dejamos invadir el presente, que no lo tratamos sino como un adelanto de lo que sucederá y no como aprendizaje eficaz de lo que ocurrió. Ni uno ni otro existen y sin embargo permitimos que anulen el aqui y el ahora que tan valioso debería ser.  Cuando todo a tu alrededor está muy mal, cuando parece que nada tiene sentido y que sería mejor no existir para dejar de sufrir, entonces es cuando el presente debe manifestarse con más fuerza. Posiblemente es en ese momento cuando la mente se pone en marcha y comprende que la única forma de salir adelante es centrárse en el instante que se vive, resistir el momento a cada rato, aceptar lo que venga sin resistencia y correr un velo que aisle lo que del pasado nos daña y otro más que no deje pasar los temores que sentimos frente al futuro en esos momentos. De este modo, en el espacio concreto y limitado de lo que se vive ahora es en el que empezaremos a encontrar el sentido a lo sencillo, a todo lo que pasa desapercibido cuando nuestra mente está ocupada en el sufrimiento, a aquello que nos hace sentir bien aunque sea solamente por un instante, a los olores nuevos de las estaciones que llegan, a la compañía de la gente que camina a nuestro lado y valorar que solamente despertarnos cada día ya es un milagro que lo justifica.
No hay otro camino que el que vamos haciendo paso a paso con nuestros propios pies. Si levantamos la vista y logramos ver cuando mirarmos, nos encontraremos con otros muchos ojos que están esperando ser mirados por los nuestros. No estamos sólos. Nunca lo estamos.