Las rutinas son imprescindibles para ordenar nuestro mundo con una cierta seguridad. Nos ayudan a recolocar nuestros sentimientos porque hemos de encajarlos en ellas, queramos o no. Nos permiten automatismos que nos liberan de la presión de preverlo todo cada instante. Nos anclan a nuestro presente y nos obligan a continuar.
Pero si bien tienen todas estas bondades, si no están salpicadas de momentos de relax, de cambio, de algo diferente, de caras nuevas, de momentos distintos, de emociones disruptivas…pueden terminar con nuestra paz mental y nuestro equilibrio físico.
No todo el mundo puede irse de vacaciones, por múltiples motivos; no todo el mundo puede hacer una pausa como quisiera, ni tampoco cambiar de ambiente tan fácilmente como en estas épocas parece. Ciertamente esto es una realidad con la que muchas personas tienen que enfrentarse, pero es cierto que dentro de nuestro pequeño mundo podemos elegir lugares cercanos, momentos de breves paréntesis e incluso instantes de aislamiento que sirvan de pausa aún sin poder tenerla.
Irnos aun pueblo colindante, un día, una tarde, un rato. Cambiar de barrio, darte una vuelta por otro distrito, o simplemente variar, si es que no se puede hacer otra cosa, de camino por el que vas todos los días puede aportar gotas frescas de diferencia dentro del asfixiante mundo de lo repetido.
No te des por vencid@, aunque no sea tu momento…, ya vendrá. Ten paciencia y cambia lo que puedas en tu hoja de ruta. Haz pequeñas variaciones, idea pausas donde nunca las has hecho, cambia comidas, incluso date algún capricho personal que te sea posible. Todo contribuirá a que lo tedioso de la rutina diaria, ahora en verano, se haga más llevadero y te haga sentir que tú también tienes tus momentos diferentes.
