Abriendo la puerta...

"Si no tenemos paz dentro de nosotros, de nada sirve buscarla fuera"

Francoise de la Rochefoucauld


domingo, 12 de abril de 2026

CUANDO NO QUEREMOS CRECER

 Nadie queremos crecer, en el fondo. Ser niñ@ aún, equivale a estar protegido, a no tomar demasiadas responsabilidades, a poder transgredir algunas normas y a manejar un espacio donde no tolerar la frustración, todavía se permite.

 

         Tod@s llevamos a nuestr@ niñ@ interior, de alguna forma reprimido, pero ahí está. Hay diferentes niveles de hacerle presente y en ello está el problema. Cuando no queremos crecer por dentro y llevamos una vida que se asemeja a la de un niñ@ en un mundo de adultos, la vida se complica para tod@s, porque crecer no es simplemente cumplir años, ni acumular experiencias como quien colecciona objetos. Crecer, en el fondo, implica despedidas pequeñas y silenciosas: dejar atrás ciertas seguridades, asumir que no siempre habrá alguien sosteniéndonos la mano, aceptar que el mundo no gira en torno a nuestros deseos. Y eso duele, aunque no siempre sepamos nombrarlo.




 

Por eso, muchas veces, ese niñ@ interior no quiere desaparecer. No quiere rendirse ante la lógica, ante las normas, ante las renuncias. Se resiste, se esconde o, en ocasiones, irrumpe con fuerza: en forma de impulsos, de enfados desmedidos, de huidas, de silencios. No es debilidad, es una parte de nosotr@s pidiendo ser vista, escuchada, comprendida.

 

El problema no es que ese niñ@ siga ahí. De hecho, es necesario que permanezca. Es quien nos conecta con la curiosidad, con la capacidad de asombro, con la ternura y la creatividad. Es quien nos recuerda jugar, reír sin motivo, emocionarnos con lo sencillo. El verdadero conflicto aparece cuando ese niñ@ toma el timón sin que haya un adult@ interno capaz de acompañarle, de poner límites, de cuidar de él.

 

Quizá crecer no consista en dejar de ser niñ@s, sino en aprender a ser adult@s que saben abrazar a ese niñ@. Darle espacio sin que lo invada todo. Escuchar su miedo sin que nos paralice. Permitir su alegría sin que nos haga olvidar las consecuencias. Integrar, en lugar de reprimir o de ceder completamente.

 

Porque al final, vivir es un equilibrio delicado entre lo que fuimos, lo que somos y lo que estamos aprendiendo a ser. 

 

Tal vez de eso se trate todo esto: de convertirnos, poco a poco, en el refugio que un día buscamos fuera.