Abriendo la puerta...

"Si no tenemos paz dentro de nosotros, de nada sirve buscarla fuera"

Francoise de la Rochefoucauld


sábado, 18 de abril de 2026

MÁS ALLÁ DE LA AÑORANZA

 Muchas veces la añoranza más que rememorar la vida que pasó, la quita. Nos anclamos en el pasado, que ya no es, y lo hacemos marco de nuestro presente, que siempre es diferente y no hace válido lo que funcionó antes.

 

         Si lo que añoramos nos sirve para dar impulso a nuestras metas por tener su origen allí, tal vez, tenemos que rescatar del ayer los pilares de edificios nuevos. Si la añoranza sirve de almohada durante un ratito, puede que tenga un efecto sedante y reconforte pero, si hacemos de ella una muleta que no soltamos, creeremos en nuestra cojera toda una vida sin sanar nunca.

 

         Aquello que se fue, lo hizo por y para algo. Posiblemente, no encontremos razones que justifiquen la ausencia de alguien, cuando es involuntaria, pero aun así tal vez sirvió para ayudarnos a crecer en la desgracia, en la tristeza o en la soledad. Siempre con dureza, siempre en lo áspero, siempre en lo desapacible, pero…¿ cuándo se aprende más o mejor, desgraciadamente?.




 

         Añorar no es malo. Lo malo es hacer de ello la mirada que todo lo ve y desde allí, lo analiza. Lo malo, en definitiva, es sentarnos en la cúpula del pasado y hacer de ella el paisaje del presente. 

 

Aquella vara de medir que parecía ser tan eficaz y eficiente ayer, hoy no sirve. Todo ha cambiado, porque si hay algo que realmente es absolutamente válido y real es que el “cambio” es lo único que no varía a lo largo de la vida. No adaptarse a ello es salirnos del engranaje que mueve la existencia en cada momento, en cada época o en cada instante. Quedarnos fuera del tiempo y sufrir las consecuencias.

 

Añora… pero no te quedes estampad@ en  ello.

 Mira siempre hacia delante, no hay otro horizonte.

domingo, 12 de abril de 2026

CUANDO NO QUEREMOS CRECER

 Nadie queremos crecer, en el fondo. Ser niñ@ aún, equivale a estar protegido, a no tomar demasiadas responsabilidades, a poder transgredir algunas normas y a manejar un espacio donde no tolerar la frustración, todavía se permite.

 

         Tod@s llevamos a nuestr@ niñ@ interior, de alguna forma reprimido, pero ahí está. Hay diferentes niveles de hacerle presente y en ello está el problema. Cuando no queremos crecer por dentro y llevamos una vida que se asemeja a la de un niñ@ en un mundo de adultos, la vida se complica para tod@s, porque crecer no es simplemente cumplir años, ni acumular experiencias como quien colecciona objetos. Crecer, en el fondo, implica despedidas pequeñas y silenciosas: dejar atrás ciertas seguridades, asumir que no siempre habrá alguien sosteniéndonos la mano, aceptar que el mundo no gira en torno a nuestros deseos. Y eso duele, aunque no siempre sepamos nombrarlo.




 

Por eso, muchas veces, ese niñ@ interior no quiere desaparecer. No quiere rendirse ante la lógica, ante las normas, ante las renuncias. Se resiste, se esconde o, en ocasiones, irrumpe con fuerza: en forma de impulsos, de enfados desmedidos, de huidas, de silencios. No es debilidad, es una parte de nosotr@s pidiendo ser vista, escuchada, comprendida.

 

El problema no es que ese niñ@ siga ahí. De hecho, es necesario que permanezca. Es quien nos conecta con la curiosidad, con la capacidad de asombro, con la ternura y la creatividad. Es quien nos recuerda jugar, reír sin motivo, emocionarnos con lo sencillo. El verdadero conflicto aparece cuando ese niñ@ toma el timón sin que haya un adult@ interno capaz de acompañarle, de poner límites, de cuidar de él.

 

Quizá crecer no consista en dejar de ser niñ@s, sino en aprender a ser adult@s que saben abrazar a ese niñ@. Darle espacio sin que lo invada todo. Escuchar su miedo sin que nos paralice. Permitir su alegría sin que nos haga olvidar las consecuencias. Integrar, en lugar de reprimir o de ceder completamente.

 

Porque al final, vivir es un equilibrio delicado entre lo que fuimos, lo que somos y lo que estamos aprendiendo a ser. 

 

Tal vez de eso se trate todo esto: de convertirnos, poco a poco, en el refugio que un día buscamos fuera.