“APRENDER SIN PENSAR, ES INÚTIL. PENSAR SIN APRENDER…PELIGROSO”
Esta frase corta e intensa encierra un profundo mensaje que deberíamos considerar cuando nos acercamos a cualquier pensamiento que nos mueva a hablar o a actuar. Cuando aprendemos, en el momento en que nos acercamos a aquella información novedosa que ejercerá, sin duda, una influencia en nosotros, debemos integrarla con sumo cuidado. Debemos digerirla con las habilidades del pensamiento activo. No podemos aprender a repetir información. Cuando uno aprender debe hacer suyo lo que integra lo que quiere decir que lo asimile, lo contraste con lo que ya sabe, lo cuestione, lo enriquezca y lo haga vida. Todos estos procesos que se desmenuzan como largos y complejos, son instantáneos para el que está acostumbrado a pensar. El sistema educativo nos ha enseñado, demasiadas veces, que el éxito es del que sabe repetir lo que escucha al profesor o lee en los libros. Pero no aprendemos para el examen del colegio. Aprendemos para la vida. Para saber actuar mejor y sobre todo para ser más felices. No nos sirven los matices de otros. Debemos aprender a modelar el conocimiento con nuestros propios criterios.
Por otra parte, el hecho de pensar sin aprendizaje puede, efectivamente, ser peligroso. Las ideas revolotean en la mente como gaviotas desorientadas que pierden en ocasiones el rumbo hacia el puerto correcto. Si hemos aprendido a “pensar”, sabremos dirigirlas hacia la resolución de nuestros problemas y evitaremos que se enmarañen en ideas tortuosas e inadecuadas que siempre nos llevan al sufrimiento propio o ajeno.
Pongamos en práctica la frase con la que hemos empezado y sigamos avanzando, al menos, en la seguridad de hacer lo mejor para nosotros.