Abriendo la puerta...

"Si no tenemos paz dentro de nosotros, de nada sirve buscarla fuera"

Francoise de la Rochefoucauld


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miércoles, 7 de septiembre de 2011

APRENDER SIN PENSAR...

“APRENDER SIN PENSAR, ES INÚTIL. PENSAR SIN APRENDER…PELIGROSO”

Esta frase corta e intensa encierra un profundo mensaje que deberíamos considerar cuando nos acercamos a cualquier pensamiento que nos mueva a hablar o a actuar. Cuando aprendemos, en el momento en que nos acercamos a aquella información novedosa que ejercerá, sin duda, una influencia en nosotros, debemos integrarla con sumo cuidado. Debemos digerirla con las habilidades del pensamiento activo. No podemos aprender a repetir información. Cuando uno aprender debe hacer suyo lo que integra lo que quiere decir que lo asimile, lo contraste con lo que ya sabe, lo cuestione, lo enriquezca y lo haga vida. Todos estos procesos que se desmenuzan como largos y complejos, son instantáneos para el que está acostumbrado a pensar. El sistema educativo nos ha enseñado, demasiadas veces, que el éxito es del que sabe repetir lo que escucha al profesor o lee en los libros. Pero no aprendemos para el examen del colegio. Aprendemos para la vida. Para saber actuar mejor y sobre todo para ser más felices. No nos sirven los matices de otros. Debemos aprender a modelar el conocimiento con nuestros propios criterios.
Por otra parte, el hecho de pensar sin aprendizaje puede, efectivamente, ser peligroso. Las ideas revolotean en la mente como gaviotas desorientadas que pierden en ocasiones el rumbo hacia el puerto correcto. Si hemos aprendido a “pensar”, sabremos dirigirlas hacia la resolución de nuestros problemas y evitaremos que se enmarañen en ideas tortuosas e inadecuadas que siempre nos llevan al sufrimiento propio o ajeno.
Pongamos en práctica la frase con la que hemos empezado y sigamos avanzando, al menos, en la seguridad de hacer lo mejor para nosotros.

martes, 10 de mayo de 2011

Mirando al horizonte

La vida es una Maestra silenciosa que quiere ayudarnos a aprender. Las lecciones que nos enseña son, casi siempre, las que necesitamos integrar a la conducta para avanzar siempre en nuestra mejora. Puede que éstas, según diversas teorías orientalistas, sean  lecciones que hemos escogido aprender antes de nacer. O puede que sean las que otros escogieron por nosotros para dirigir nuestro crecimiento, tal vez sin ánimo de dominar nuestra vida, pero sí con la disposición de condicionarla para siempre al escoger por nosotros, lo bueno y lo malo de cada instante.

Lo cierto es que nadie puede aprender por otro y de muy poco valen las enseñanzas que la experiencia pone en boca o en manos del ajeno. Uno debe experimentar por sí mismo el resultado de sus acciones y darse cuenta que cada acto tiene unas consecuencias, a veces, irrefutables. Pero incluso en esos casos, en los que nada puede hacerse tras una actuación equivocada...aún queda la esperanza de que sirva, al menos, como ejemplo de lo que nunca debió suceder.
Generación tras generación, los padres han intentado salvar a sus hijos de los sufrimientos que acarrean los fracasos. En un acto de infinita protección, han pretendido dejar a éstos en un lado del camino pedregoso hasta que quede libre de baches. Han querido poner la sabiduría de sus cicatrices a disposición de los que comienzan a vivir. Y siempre, el resultado es el mismo. El rechazo de lo que ofrecen como su mayor tesoro. Pero en realidad, no puede ser de otra forma porque el aprendizaje de cada uno es intransferible. Nadie es idéntico a nadie. Tampoco lo son las circunstancias. Ni siquiera el impulso vital que nos anima a cada cual puede compararse. Nada de lo que se cuente puede transferir en el otro los resultados de vivir. Todos debemos experimentar el dolor, los errores, los fracasos, el amor, la pasión, el odio y hasta el aburrimiento. Porque con seguridad, en ninguno de nosotros será igual, como tampoco pueden serlo las vías de solución que los problemas requieran en cada circunstancia.
La libertad de dejar hacer, sin embargo, no entra en disputa con la sabia orientación de lo que cada uno sabe dentro de sí. Aceptar las diferencias y comprender que cada cual tiene que hacer su camino nos permite soltar amarras, dejar que construyan su vida. A los sumo, sería posible ofrecer herramientas que faciliten el trabajo, siempre que sean aceptadas. Nada puede imponerse a la fuerza porque quienes creemos tener en nuestro poder el arma del conocimiento, en una situación determinada, no logramos asumir que el que está delante es como el alumno que se sienta en una clase de física cuántica a escuchar, al maestro, un tema que va mucho más allá de lo que puede comprender. La única respuesta será el silencio...acompañada de unas tremendas ganas de escapar de allí.

sábado, 7 de mayo de 2011

Aprendiendo a ver

No siempre que abrimos los ojos...vemos. En multitud de ocasiones miramos a través de una cortina de niebla perpetua que todo lo vuelve opaco y nebuloso. Y creemos que esa visión borrosa es la única posible. Para aprender de la experiencia es necesario tomar distancia de ella, reflexionar cuando todo esté sereno en nuestro interior para ser capaces de colocar las piezas en su lugar justo y a partir de ahí, comenzar de nuevo la partida. Si no logramos aprender con lo que vivimos, con cada error, con los fracasos, con el dolor de las pérdidas incluso con lo que dejamos de hacer y debimos haber hecho...estamos condenados a repetir, una y otra vez, la rueda de sucesos similares hasta poder superarlo. Este relato, nos ayuda a entender que las experiencias, por nefastas que parezcan, nos ayudan siempre si queremos aprender de ellas.

En una ocasión un hombre vino a Buda y le escupió la cara. Sus discípulos, por supuesto estaban enfurecidos.

Ananda el discípulo más cercano, dirigiéndose a Buda dijo: ¡Esto pasa de la raya! Y estaba rojo de irá y prosiguió: ¡Dame permiso! ¡Para que le enseñe a éste hombre lo que acaba de hacer!

Buda se limpió la cara y dijo al hombre: GRACIAS, GRACIAS, GRACIAS.

Has creado, una situación, un contexto, en el que he podido comprobar sí todavía puede invadirme la irá o no, y no puede, y te estoy tremendamente agradecido, y también has creado un contexto para mis discípulos, principalmente para Ananda mi discípulo más cercano.

Esto le permite ver que todavía puede invadirle la ira ¡Muchas gracias! ¡Te estamos muy agradecidos! Y siempre estás invitado a venir. Por favor, siempre que sientas el imperioso deseo de escupirle a alguien puedes venir con nosotros.

Fue una conmoción tal para aquel hombre… No podía dar crédito a sus oídos, no podía creer lo que estaba sucediendo, había venido a provocar la ira de Buda, y había fracasado.

Aquella noche no pudo dormir, estuvo dando vueltas en la cama, los pensamientos le perseguían continuamente: El escupir a Buda, una de las cosas más insultantes, y que el Buda permaneciese tan sereno tan en calma como lo había estado antes, como sí no hubiese pasado nada… El que Buda se limpiase la cara y dijera: “GRACIAS, GRACIAS, GRACIAS, cuando sientas ganas de escupir a alguien, por favor ven a nosotros”, se acordaba una y otra vez …

Aquella cara tranquila, serena, aquellos ojos compasivos, y cuando Buda le dio las gracias, no fue una formalidad le estaba verdaderamente agradecido, todo su ser, le decía que estaba agradecido, Buda desprendía una atmósfera de agradecimiento.

A la mañana siguiente muy temprano, volvió precipitado, se postró a los pies de Buda y dijo: Por favor perdóname no he podido dormir en toda la noche.

Buda respondió, no tiene la menor importancia, no pidas perdón por algo que ya no tiene existencia. ¡Ha pasado tanta agua por el río Ganges! Mira ¡Discurre tanta agua a cada momento! Han pasado 24 horas, por qué cargas con algo que ya no existe, ¡no pienses más en ello!

Y además, yo no te puedo perdonar, porque en primer lugar nunca llegue a enojarme contigo, si me hubiera enojado te podría perdonar, guarda la experiencia y aprende profundamente de estos hechos
y del agradecimiento.