Caminamos por la vida pensando en adquirirlo todo. Nuestro sentido de la propiedad traspasa los límites de lo permisible antes de entrar en el egoísmo. Pensamos que poseer el disfrute de lo que nos pertenece es lo mismo que ser dueños de ello y nos equivocamos tremendamente. Nadie poseemos nada. Todo pertenece a la Tierra y ésta no es de ninguno. Lo que aquí nace, aquí queda y con ello se completa el ciclo sin fin que define cada cosa que existe.
Tenemos la sensación que cuando adquirimos cualquier bien será nuestro por siempre y como si de algo que pudiésemos ligar a nuestra piel se tratase, pensamos que lo tendremos más allá de la propia muerte, por eso nos enconamos con lo material más de lo que debiésemos, sin pensar que lo único que de verdad tenemos es lo que somos.
Nadie somos propietarios nada más que del usufructo, del uso y disfrute, de lo que transitamos como propio. Todo es puro trasiego; todo puro pasar; todo puro cambio. No nos llevamos nada. Todo queda aquí. Esta frase que reza la sabiduría más popular cobra sentido pleno cuando uno pierde a alguien. Entonces y solo entonces nos damos cuenta de que efectivamente, todo pertenece a la Tierra. Nada de lo que aquí existe sale de ella, salvo lo que nos anima y nos da aliento vital.
No entiendo los desmesurados egoísmos que son capaces de destruir lazos sentimentales de familias enteras. Damos tanta importancia al breve tiempo que estamos aquí que pareciese que no va a terminar nunca para nosotros. Los que se mueren siempre son los demás. La muerte nos roza cuando es un ser querido el que nos dice adiós. Mientras tanto, nunca es nuestra.
Olvidamos el sutil hilo que nos une a la vida terrenal y nos concedemos el trono del reino, creyéndonos dueños y señores de todo lo que cae bajo nuestro dominio.
Cuesta poco entender que en cualquier momento podemos perderlo todo. Que basta un instante para que la vida, si es que aún nos permite seguir en ella, cambie por completo. Que en realidad, nada es definitivo y que si pretendemos seguridades entramos en un terreno de arenas movedizas en el que nos hundimos sin remedio.
Nada es seguro. Nada definitivo. Nada igual al momento anterior. Por eso, lo mejor es que tengamos un estado de serenidad consciente en el que dejemos transcurrir lo que nos suceda y estemos abiertos a la multitud de posibilidades que nos tiene reservada la vida para nosotros. Única y exclusivamente, para cada uno.