Hay etapas en la vida, momentos que se dilatan más de lo que uno quisiera, cambios, trasiegos y transformaciones que nos sacuden como una tormenta en plena selva y sin poder resguardarnos en ningún lugar.
Llegan de repente. Silenciosos, como cuando se anuncian, sin hacer ruido, los huracanes. De pronto están ahí, envolviéndote con toda su fuerza y trastocando toda tu vida.
Cuando estamos en ellos, cuando realmente no sabemos qué hacer, posiblemente lo mejor es no “hacer nada”, tener la actitud presente del “ observador”, interviniendo con sigilo, con pocas palabras, sin enfrentamientos directos, que solamente provocan más reacciones, dejando que lo que tenga que suceder…suceda. Suena duro, provoca miedo y nos deja con la sensación de que no “hacer nada” no es lo que nos toca. Pero, sí.
Cuando la vida se tuerce tanto, ella misma se acomoda. Eso sí, dale tiempo, dale espacio, deja que los demás se confundan y aprendan por sí mismos. Pueden perder un año, incluso dos… pero van a ganar, al final, una sabiduría inmensa que no aceptarán de nadie antes.
“El tiempo lo cura todo”, dice un refrán castellano…y es verdad. A veces, tantas veces…es lo único que podemos hacer, esperar. Sé que la espera es difícil, que la angustia se apodera de nuestro interior, que la impotencia nos invade, que tenemos la sensación de dejar de ser valiosos en lo que creemos tener una responsabilidad. Sin embargo, las dificultades nos piden calma. No hay mejor manera de que alguien o algo se vuelva contra nosotros que querer ayudarle por “ el camino recto”, que esperamos para ello y el otro no ve.
Hay que pensar lento, pensar poco, tener en nuestro ánimo bien atado para no participar del caos al que debemos contribuir con sigilo, haciéndolo “desde fuera” y sabiendo esperar.
Difícil tarea; único camino.
