Muchas veces la añoranza más que rememorar la vida que pasó, la quita. Nos anclamos en el pasado, que ya no es, y lo hacemos marco de nuestro presente, que siempre es diferente y no hace válido lo que funcionó antes.
Si lo que añoramos nos sirve para dar impulso a nuestras metas por tener su origen allí, tal vez, tenemos que rescatar del ayer los pilares de edificios nuevos. Si la añoranza sirve de almohada durante un ratito, puede que tenga un efecto sedante y reconforte pero, si hacemos de ella una muleta que no soltamos, creeremos en nuestra cojera toda una vida sin sanar nunca.
Aquello que se fue, lo hizo por y para algo. Posiblemente, no encontremos razones que justifiquen la ausencia de alguien, cuando es involuntaria, pero aun así tal vez sirvió para ayudarnos a crecer en la desgracia, en la tristeza o en la soledad. Siempre con dureza, siempre en lo áspero, siempre en lo desapacible, pero…¿ cuándo se aprende más o mejor, desgraciadamente?.
Añorar no es malo. Lo malo es hacer de ello la mirada que todo lo ve y desde allí, lo analiza. Lo malo, en definitiva, es sentarnos en la cúpula del pasado y hacer de ella el paisaje del presente.
Aquella vara de medir que parecía ser tan eficaz y eficiente ayer, hoy no sirve. Todo ha cambiado, porque si hay algo que realmente es absolutamente válido y real es que el “cambio” es lo único que no varía a lo largo de la vida. No adaptarse a ello es salirnos del engranaje que mueve la existencia en cada momento, en cada época o en cada instante. Quedarnos fuera del tiempo y sufrir las consecuencias.
Añora… pero no te quedes estampad@ en ello.
Mira siempre hacia delante, no hay otro horizonte.

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