Muchas son las ocasiones en las que mantenemos cogido y pegado a nosotros lo que no nos hace sentir bien, lo que ha dolido ya por mucho tiempo o lo que se agranda en su gigantesco progreso cada vez que lo damos vueltas.
¿Qué sucedería con un alimento que hubiésemos dejado por 3 días en nuestro frigorífico?, tal vez nada. ¿Y si en vez de 3 son 15 los días?...puede que en ese caso ya estuviese bastante deteriorado. ¿Y si decidiésemos mantenerlo dentro durante 5 años?...sin duda estaría absolutamente podrido. Por esa razón, no debemos sostener lo que nos hace daño más de un pequeño tiempo en nuestra mente y en nuestro corazón a riesgo de que de no hacerlo así, también se corromperá.
Piensa en ti y en lo que llevas ya sosteniendo demasiado tiempo para tomar la decisión de soltarlo.
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Veamos este cuento zen:
“…Un joven acudió al maestro Bankei cargando una pesada bolsa de tela con las pertenencias más valiosas que había acumulado en sus viajes. Su rostro reflejaba una profunda angustia.
—Maestro —dijo el viajero con la voz entrecortada—, busco la paz mental, pero mi cabeza es un torbellino de ofensas pasadas, miedos sobre el futuro y resentimientos que no logro apagar. Dígame qué debo hacer para liberarme de este sufrimiento.
Bankei no respondió de inmediato. Tomó una tetera hirviendo y sirvió té en una taza de barro gruesa frente al visitante. Luego, le pidió que extendiera ambas manos y colocó la taza humeante directamente sobre sus palmas abiertas.
El joven sostuvo el cuenco con respeto, pero a los pocos segundos el barro comenzó a arder. El calor atravesó su piel, provocándole un dolor agudo. Apretó los dientes, temblando, intentando soportar la quemadura por deferencia al anciano, esperando alguna instrucción sagrada o una plegaria.
Sin embargo, el maestro permaneció inmóvil, observándolo en absoluto silencio.
Incapaz de resistir el fuego en su piel un instante más, el joven abrió los dedos por puro instinto. La taza cayó al suelo de madera y se partió en tres pedazos; el té caliente se dispersó rápidamente entre las tablas.
—¡Me quemaba! —exclamó el joven mientras se soplaba las manos enrojecidas, desconcertado y adolorido.
Bankei sonrió con serenidad y señaló los restos esparcidos:
—Nadie te obligó a sostener el fuego. El dolor no se extingue buscando fórmulas complejas ni esperando que otros lo retiren por ti. Cuando una carga te lastima, simplemente la sueltas. El sufrimiento no es el calor que te rodea, sino el empeño ciego de aferrarte a lo que te quema.”
