Uno de los valores
más preciados es la confianza. La confianza en ti mismo, la confianza en
aquellos que amas, la confianza en los amigos y hasta en los enemigos.
Perder la confianza
es perder el tesoro más valioso que puede unir a dos personas porque sin ella
nunca podrá a darse la relación sana de amistad y amor que les unía desde el
corazón.
Os dejo una breve
historia que implica este gran valor y justifica el error de cálculo de quienes
la infravaloran.
“Una historia árabe
cuenta que un califa avaro y cruel tenía verdadera pasión por las apuestas.
Pero era tan avaro y tan cruel que él mismo fijaba las normas de las apuestas,
para no correr el menor riesgo. Se decía que solo apostaba cuando tenía la
certeza absoluta de que iba a ganar. Los cortesanos encontraban mil pretextos
para evitar jugar con él.
El califa se veía reducido a apostar con comerciantes,
con sus mujeres, con sus guardias e incluso con sus sirvientas. Una mañana, mientras
atravesaba el patio principal, vio una enorme pila de ladrillos que unos
albañiles acababan de apilar. Al instante gritó:
__¿Quién quiere apostar conmigo?
Ninguna persona de las que se encontraba en aquel
momento en el patio contestó. El califa repitió su pregunta en medio de un
repentino silencio:
__¿Quién quiere apostar conmigo?
Y precisó:
__¡Apuesto a que nadie es capaz de transportar esta
pila de ladrillos con la única ayuda de sus manos, de un lado al otro del
patio, antes de que el sol se ponga! ¿Quién quiere apostar?
Todos los allí presentes se mantenían cabizbajos porque
la tarea parecía imposible. Pero de repente un joven albañil avanzó unos pasos
y preguntó:
__¿Cuál sería la apuesta?
__Diez tinajas de oro si lo consigues.
__¿Y de no conseguirlo?
__Una cabeza cortada.
El joven albañil pensó un instante y dijo:
__Estoy listo a aceptar esa apuesta, pero con una
condición.
__Te escucho.
__Podrás detener el juego en cualquier momento y, en
caso de hacerlo, solo me darás una tinaja de oro.
El califa hizo que le repitiese aquella singular
condición y se quedó pensativo un momento, temiéndose una trampa. Podía detener
el juego en cualquier momento y solo perdería una tinaja de oro. ¿Qué sentido
tenía aquella cláusula? ¿Qué escondía? El albañil se negó a decir más e hizo un
movimiento para retirarse. El califa, movido por la pasión del juego, aceptó.
El joven se puso a transportar los ladrillos de un lado
del patio al otro, con sus manos, observado por el califa y toda la corte.
Después de una hora de trabajo, solo había transportado una ínfima parte de la
pila de ladrillos. Y sin embargo, sorprendentemente, sonreía.
__¿Por qué sonríes?__le preguntó el califa__. ¡Está
claro que has perdido! ¡Nunca lo conseguirás!
__Te equivocas__contestó el joven albañil, mientras
atravesaba el patio__. Estoy seguro de ganar.
__¿Cómo?
__Porque te has olvidado de algo. Y por eso sonrío.
__¿De qué me he olvidado?
__Oh, una cosa muy sencilla.
El joven prosiguió con su trajín, dejando al califa con
sus oscuros pensamientos. ¿De qué se había olvidado? Recordó las frases exactas
pronunciadas y no vio ninguna posible trampa. La pila de ladrillos, después de
tres horas de trabajo, seguía allí, apenas disminuida. Tres o cuatro días no
bastarían para transportarla de un lado del patio al otro. Y sin embargo el
califa se sentía inquieto.
Al principio de la hora cuarta, viendo que el joven
albañil seguía sonriendo, le preguntó:
__¿Sigues estando seguro de ganar?
__Seguro.
__¿De qué me he olvidado? Dímelo. ¿He evaluado mal el
volumen de esa pila de ladrillos? ¿Soy víctima de una ilusión?
__¡Oh, no!__contestó el joven__. Es algo mucho más
simple.
Y prosiguió con su tarea.
Al principio de la quinta hora el califa, que mostraba
signos de inquietud, preguntó:
__¿Sigues estando seguro de ganar?
__Lo sigo estando.
__Sin embargo, mira, la pila sigue estando muy alta, y
apenas te quedan cuatro horas antes de que el sol se ponga. ¿Cómo esperas ganar
tu apuesta?
__Te lo repito__ dijo el albañil mientras transportaba un
montón de ladrillos__te has olvidado de una cosa muy sencilla.
La frente del califa se arrugó y los ojos se le
enturbiaron. Pensó una vez más en todos los elementos del problema sin llegar a
encontrar la fatal falla donde su tesoro corría peligro de caer. En voz baja,
empapado de sudor, pidió la opinión de los consejeros que tenía alrededor. Ni
los más astutos pudieron darle respuesta alguna. Su opinión era que de forma
evidente el califa iba a ganar una vez más su apuesta y a cortar una cabeza
imprudente.
Al principio de la sexta hora el califa, al ver que el
joven albañil, a pesar del cansancio, seguía sonriendo, le preguntó:
__¿Por qué sonríes?
__Sonrío porque voy a ganar un tesoro.
__¡Eso es imposible! ¡El sol está en la segunda mitad
del cielo y la pila sigue siendo muy alta! No puedes ganar.
__Has olvidado algo muy sencillo__ le dijo el albañil.
__¿Qué? ¿Qué he olvidado?__gritó el califa
levantándose, acalorado, las manos temblorosas__.¿Vas a utilizar alguna clase
de sortilegio? ¿Eres un djinn? ¿Van a salir criaturas sobrenaturales de las
murallas para ayudarte?
__No__ contestó el albañil__, es mucho más sencillo que
eso.
El califa convocó a los matemáticos y a los astrólogos,
hizo medir las dos pilas de ladrillos, hizo observar el sol que seguía con su
curso regular. Al principio de la séptima hora, viendo que el joven albañil
seguía sonriendo, gritó:
__¿Sigues estando seguro de ganar?
__Seguro.
__¡Apenas te queda una hora y los ladrillos que has
transportado forman una ridícula pila comparada con la otra! ¡Mira! ¡Compara
las dos pilas! ¿Cómo puedes decir que estás seguro de ganar esta apuesta?
__Te lo repito__contestó el joven__, has olvidado una
cosa muy sencilla.
__¿De qué me he olvidado?
__¿Decides detener el juego?
__¡Sí! ¡Lo detengo!
__¿Y darme una tinaja de oro?
__¡Sí! ¡Te la doy! Pero dime, te lo pido, ¿qué es eso
tan sencillo de lo que me he olvidado? ¿Cómo te las habrías apañado para
privarme de mis tesoros? ¿Qué precaución no he tomado?
El joven albañil dejó en el suelo los ladrillos que
transportaba y, como el juego acababa de terminar y él había ganado, le dijo al
califa:
__No has prestado la atención necesaria a la condición
que he puesto.
__¡Sólo he pensado en esa condición! Contestó el
califa.
__Si, pero sin comprender que para mí una tinaja de
oro, solo una, es un inestimable tesoro. Desde el principio sabía que no podía
ganas las diez tinajas. Yo solo quería esa tinaja, esa única tinaja. Tú te
jugabas diez tinajas de oro y yo solo me jugaba una.
__Pero, ¿cómo has conseguido ganar? ¿Cuál es esa cosa
tan sencilla de la que me he olvidado?
__Te has olvidado__le dijo el joven__, de lo más
sencillo. Te has olvidado de que podías perder la confianza en ti mismo.
El califa quedó en silencio.
El joven albañil cogió la tinaja de oro que unos
sirvientes
acababan de traer. Se la cargó al hombro, cruzó el patio entre las dos
desiguales pilas de ladrillos y se fue a otro reino.