Abriendo la puerta...

"Si no tenemos paz dentro de nosotros, de nada sirve buscarla fuera"

Francoise de la Rochefoucauld


martes, 1 de noviembre de 2016

LLEGAR A UN ACUERDO...



Creo que lo que nos faltan son acuerdos; con nosotros mismos, con el de al lado, con los demás, con el resto.

Llegar a un acuerdo requiere tiempo y sobre todo capacidad de negociación. Requiere calma, sosiego y apertura. Requiere creer que cualquier cosa es mejor que perder y sobre todo, estar seguro de que podemos ganar siempre.

Lo que mejor podemos obtener es las condiciones necesarias para estar bien. Alcanzar la serenidad, estar en paz y saberlo es el mejor premio al que podemos aspirar.

Recuerdo que Miguel Ruiz hizo famosa la palabra “acuerdo” con su libro “Los 4 acuerdos” del que extraigo lo siguiente:

"No hay razón para sufrir. La única razón por la que sufres es porque así tú lo decides. 

Si observas tu vida encontrarás muchas excusas para sufrir, pero ninguna razón válida. 

Lo mismo es aplicable a la felicidad. La felicidad es una elección, como también lo es el sufrimiento". 

(Miguel Ruiz).

1. Sé impecable con la palabra.

2. No te tomes nada personalmente.

3. No hagas suposiciones.

4. Haz siempre lo mejor que puedas.


Tomar acuerdos es fundamental. A veces basta hacerlo únicamente con nosotros mismos, eso será suficiente y ayudará a recolocar el mundo que nos rodea.

Ahorrarnos sufrimientos es el objetivo porque sabemos muy bien que sufrir no lleva a ningún sitio; también sabemos lo difícil que es evitarlo y el poco empeño que ponemos en ello. A veces, incluso sufrir se convierte en un crisol que ayuda a superar decepciones, tristezas y traiciones.

Nos han enseñado que el sufrimiento redime, pero en realidad no es así. Lo importarte no es saber sufrir, sino saber encontrar nuestro centro, el punto de atención sobre el que apoyar la tristeza y remontarla.

Tomemos acuerdos con nosotros. Aprendamos a redactarlos, pensémosles, tomémonos nuestro tiempo y después echemos nuestra rúbrica.

A ver qué pasa.

domingo, 30 de octubre de 2016

DIARIO DE UNA DÍSCOLA



Tras los pasados momentos difíciles en mi vida en la última época, el domingo se había quedado sin sección propia.

Espero terminar la sección “Viaje a Ítaca” y comenzar una nueva que se llamará “Diario de una díscola”.

No va a tratarse de una sección autobiográfica, sino de nuevo será un relato estructurado como una hoja de ruta, como un cuaderno de bitácora narrado para la intimidad desde la propia intimidad de una mujer que vive varias vidas dentro de la suya.

Esperemos que este proyecto vaya cobrando forma en mi creatividad, palabra a palabra, en breve. 

Sin fecha, sin tiempo marcado, pero delimitando la silueta de lo que será una nueva etapa en los “Domingos Literarios”.

Un feliz comienzo de semana.

viernes, 28 de octubre de 2016

MANEJAR LAS PROVOCACIONES AJENAS



Es difícil, sin duda. Cuando nos provocan suele ser porque lo que nos dicen o nos hacen, toca el punto sensible, la debilidad no resuelta, la fisura que se abre entre las fortalezas.

Se habla de que en realidad lo que nos provoca es aquello que no queremos reconocer en nosotros mismos y vemos en los demás. Lo criticamos porque nos duele y nos duele porque está dentro.

Mantener la calma en la tempestad es muy complicado. Se trata de formar el carácter, de madurez o de comprensión. A veces, incluso va de compasión por los demás o por uno mismo.

Veamos como pasar de puntillas por las provocaciones y salir fortalecidos.

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…”Cerca de Tokio vivía un gran samurai, ya anciano, que se dedicaba a enseñar el budismo zen a los jóvenes.

A pesar de su edad, corría la leyenda de que era capaz de vencer a cualquier adversario.

Cierto día un guerrero conocido por su total falta de escrúpulos pasó por la casa del viejo. Era famoso por utilizar la técnica de la provocación: esperaba que el adversario hiciera su primer movimiento, y, gracias a su inteligencia privilegiada para captar los errores, contraatacaba con velocidad fulminante.

El joven e impaciente guerrero jamás había perdido una batalla.
Conociendo la reputación del viejo samurai, estaba allí para derrotarlo y aumentar aún más su fama.

Los estudiantes de zen que se encontraban presentes se manifestaron contra la idea, pero el anciano aceptó el desafío.
Entonces fueron todos a la plaza de la ciudad, donde el joven empezó a provocar al viejo:

Arrojó algunas piedras en su dirección, lo escupió en la cara y le gritó todos los insultos conocidos, ofendiendo incluso a sus ancestros.

Durante varias horas hizo todo lo posible para sacarlo de sus casillas, pero el viejo permaneció impasible. Al final de la tarde, ya exhausto y humillado, el joven guerrero se retiró de la plaza.

Decepcionados por el hecho de que su maestro aceptara tantos insultos y provocaciones, los alumnos le preguntaron:

-¿Cómo ha podido soportar tanta indignidad? ¿Por qué no usó su espada, aun sabiendo que podría perder la lucha, en vez de mostrarse como un cobarde ante todos nosotros?

El viejo samurai repuso:

-Si alguien se acerca a ti con un regalo y no lo aceptas, ¿a quién le pertenece el regalo?
-Por supuesto, a quien intentó entregarlo -respondió uno de los discípulos.

-Pues lo mismo vale para la envidia, la rabia y los insultos añadió el maestro-. Cuando no son aceptados, continúan perteneciendo a quien los cargaba consigo.”

jueves, 27 de octubre de 2016

NO ENTIENDO NADA...



A veces no entiendo nada, ni de tus sentimientos ni de los míos, ni de los suyos.


No entiendo el mundo de las envidias, ni de los comentarios gratuitos, ni de las críticas silenciadas.


No entiendo la estupidez consciente, ni la pijería deliberada.


No entiendo las malas caras, los enojos inesperados, las riñas ejemplificantes. Ni entiendo las ausencias  calladas, ni las sorpresas de última hora en las que tú eres la única persona que no sabes nada.


No entiendo tampoco que al comenzar el día ya estés empeñado en aguar la fiesta, ni en hacer negro lo blanco, ni en protestar siempre sin encontrar motivo que te apoye con el mazo dando.


No entiendo las lágrimas al sol sin que llegue una brisa fresca que te calme, ni entiendo los sueños que me pintas sin noche en las que poder colgarlos.


No entiendo tu gesto amargo en lo dulce del caramelo al chuparlo, ni aquella quimera que repites trayendo al presente tu pasado.


No entiendo la justicia que se viste de uniforme, ni la ley que se guarda en un armario. Ni entiendo las normas que de la nada se han creado.


Por eso me siento libre en mi espíritu encarcelado y contigo a mi lado, un alma risueña que no espera nada cuando todo lo está dando.