Abriendo la puerta...

"Si no tenemos paz dentro de nosotros, de nada sirve buscarla fuera"

Francoise de la Rochefoucauld


jueves, 17 de mayo de 2012

CAMINO...


Cada camino es uno entre un millón.
Por ende, no hay que olvidar que un camino no es más que eso. 
Si piensas que no debes seguirlo, no te quedes en él bajo ninguna circunstancia. 
Un camino no es más que un camino.
Que lo abandones cuando tu corazón así te lo indique no significa ningún desaire a ti mismo ni a los demás.
Pero tu decisión de seguir esa senda o apartarte de ella no debe ser producto del temor ni la ambición.
Te advierto: examina cada camino atentamente. Pruébalo tantas veces como te parezca necesario.
Luego hazte esta pregunta: ¿Tiene corazón este camino? 


Todos los caminos son iguales, no llevan a ningún lado. Atraviesan la maleza, se internan o van por debajo de ella.
Si ese camino tiene corazón, entonces es bueno. De lo contrario, no te servirá de nada …
Don Juan de Castañeda

…”Me gustaría encontrar la senda, esa que no llevando a ningún lado me de acceso a la que lleva a mi verdad; me gustaría recorrer el camino que escondido entre la maleza me llama para que le haga visible; me gustaría ser el camino por el que otros se encontrasen en mi…y mirar a lo lejos y siempre ver camino por andar…”

miércoles, 16 de mayo de 2012

LA TRAMPA DEL ESCÉPTICO

La fe no se compra, ni se aprende, ni se copia, ni se enseña. No se regala, ni se piensa, ni se examina. Se siente o no.
Uno puede no adherirse a ninguna religión. Puede no querer involucrarse en ningún sistema de pensamiento concreto, en ninguna teoría. Incluso puede no querer seguir a ningún personaje público, histórico o legendario por no atar su voluntad a ningún axioma incuestionable.
No se trata de libertad. Se trata de necesidad. La creencia o la fe van más allá de lo que uno puede y quiere, más allá de lo que se programa o lo que se prevé, más allá de lo que se quiere o lo que se anhela.
La fe se relaciona con una necesidad profunda de protección y cobijo. Con la absoluta premura de sentirnos arropados en nuestras quimeras más allá de los regocijos familiares o de amistad.
Donde nadie puede llegar, llega ella. Por eso se convierte en una necesidad aunque uno no lo quiera.
Hay determinados tipos de fe que son momentáneos. Uno cree ante un inminente peligro, ante el problema irresoluble, ante la condena de una enfermedad, ante la desesperación y el desconcierto. Otras veces, la creencia es permanente e invasiva y sirve para confiar plenamente en que el azar está de nuestro lado y justificar lo que de negativo nos llegue.
Hay una fe reposada e invisible. Una fe silenciosa y determinante. Una fe que no espera nada cambio. Una fe que permanece quieta en algún rincón de nuestra conciencia para salir a nuestro encuentro cuando de verdad  nuestro equilibrio depende de ello.
La fe puede inmolarse en aras de conquistar una imagen de uno mismo autosuficiente y distante de lo que el incrédulo supone un espejismo. Sin embargo, la fe nos sorprende muchas veces apareciendo cuando menos lo esperamos y cuando más lo necesitamos.
Estamos hechos de fe. Los que nos trajeron al mundo, creyeron, en su proyecto. Nosotros podemos decir que no creemos en nada, pero siempre nos quedará el “nosotros mismos” como apoyo incondicional del más escéptico.
Lo que no se da cuenta el que dice no creer es que adora a un dios escondido que se confunde consigo mismo sin advertirlo y que de cualquier modo…no puede resistirse a lo que le constituye.
Es curioso como entre mis alumnas hay alguna que dice no creer…pero sorpresivamente sigue viniendo a escuchar todo lo que en la fe se fundamenta.
Por algo será.

martes, 15 de mayo de 2012

EL SUEÑO DE MI GATA

Mi gata procede de Persia, no es extraño por tanto su misterio aún más inusual que aquel al que los gatos nos tienen acostumbrados.
La miro muchas veces y me pregunto qué pensará desde su vida de observación y silencio. Qué moderada y autosuficiente es su estancia y cómo duerme a ritmos distintos de los habituales recordándonos continuamente que ella, como los de su especie, no son iguales.
Creo que tenemos mucho que aprender de estos callados compañeros que siempre nos recuerdan que el silencio es un valor inconmensurable al que debemos adherirnos.
Estamos en una época en la cual la palabra es la moneda de cambio. Con ella se convence, engaña o manipula a lo que conviene y se intima o se estima a lo que importa.
Hablamos mucho. Tal vez demasiado. Estamos poco acostumbrados al silencio. A crear un espacio interior en el que poder creer en el poder de la fusión con nuestra esencia más íntima y ahí, sobran las palabras.
Deberíamos probar a estar en silencio un ratito más cada día. Y dentro de él…observarnos. Una vez que logremos pasar nuestro comportamiento, como en una película, delante de nuestro ojos internos hemos de dar otro paso, dejarnos llevar por el susurro de lo que llega a nuestra conciencia como hoja al viento en un vaivén acompasado.
Siempre hay preguntas a las que no encontramos respuesta. Siempre pende de nuestra intención voluntades rotas que no logramos concretar. Siempre hay un punto débil en el que debemos reforzar la intención. Ese es el momento de recoger la cosecha. En el silencio de nuestro claustro interior, a solas con nosotros mismos…escucharemos el clamor de las respuestas. Y una a una, como si de desgranar un racimo se tratase, ir encajándolas en el mecano dificultoso de lo que nos preocupa.
El silencio se ha convierte en un sueño perpetuo para mi gata que tras sus bellos ojos naranjas me mira profundamente preguntándose por qué me resulta tan difícil seguir su ejemplo.
Probaré a acurrucarme sobre mí y a observar tranquilamente el mundo. Posiblemente sea menos complicado de lo que me parece y todo consista en esperar a que las respuestas lleguen.

lunes, 14 de mayo de 2012

DEL OTRO LADO...

A veces la realidad nos engaña. Creemos que la vida está del lado que la vemos y excluimos a todos los que parecen estar en la orilla opuesta.
Creemos en verdades absolutas: las nuestras y derribamos por sistema las que llegan a nosotros desde labios opuestos.
Todo es relativo. Cada opinión, cada pensamiento, cada estado de conciencia puede graduarse por contraste con lo que le ofrece el contexto por referencia. Nada es tan negro, ni tan blanco. Los buenos no lo son tanto. Los malos tampoco.
Juzgar a los demás o a nosotros mismos depende siempre de la parte de donde nace la crítica. El tiempo, el espacio, la historia y la peculiar biografía de cada uno imponen sus particulares formas de seducir al criterio y lo que podría no condenarse se condena con facilidad si estamos al otro lado de la bondad.
En ocasiones, no saber dónde estamos ubicados nos ayuda. Nos mantiene en una especie de escenario mágico en el cual no nos damos cuenta que las víctimas somos nosotros.
Nos creemos otros y eludimos el dolor. No es fácil la estrategia porque mentirnos de ese modo siempre tiene el riesgo de que otro nos demuestre que estamos en el lado equivocado.  Entonces el mundo cambiará de color y sabremos que la ventana se abre hacia fuera.
Vemos cómo lo expresa este breve cuento:


“…A través de un ventanuco enrejado que había en su celda un preso gustaba de mirar al exterior. Todos los días se asomaba y, cada vez que veía pasar a alguien al otro lado de las rejas, estallaba en sonoras e irrefrenables carcajadas. El guardián estaba realmente sorprendido. Y un día le preguntó :
- Oye, hombre, ¿a qué vienen todas esas risotadas día tras día?
El preso contestó:
- ¿De qué me río? ¡Pero estás ciego! Me río de todos esos que hay ahí. ¿No ves que están presos
detrás de estas rejas?”…
¿Es mejor vivir engañado por uno mismo evitando las consecuencias de la realidad?¿o acaso es preferible saber que los que estamos tras las rejas somos nosotros?. ¿Felicidad a precio de la ignorancia o sufrimiento a precio de realidad?.
Feliz tarde!

domingo, 13 de mayo de 2012

EL NUDO

He rescatado de mi joyero una cadenita de oro con un diminuto osito que pende de ella. La he llevado mucho tiempo atrás. Por motivos que no recuerdo, un día debí quitármela. Hace unos días volví a ponerla sobre mi cuello.
Siempre me ha gustado mucho porque la cadena apenas se ve. Es de una fragilidad extrema y no resta protagonismo al símbolo que protege.
Ayer me di cuenta que el muñeco no se movía libremente por la cadena, que su juguetón ir y venir a través de ella acompasando mis movimientos se había detenido y que como si hubiese perdido la vida yacía ladeado sin poder moverse.
Al revisar el por qué de ese inmovilismo me di cuenta que había un nudo introducido en el orificio del canal de ruedo. Sabía que sería una tarea difícil desenredar aquella maraña de eslabones diminutos entrelazados entre sí. No fue sencillo, ni siquiera fue un éxito, pero me ha servido para aprender el valor de la paciencia y sobre todo, para reconocer la existencia de capas superpuestas que parecen invisibles y que engrosan los problemas.
Efectivamente, como el nudo que acometí lentamente son en realidad las dificultades emocionales. Sabemos que están ahí, conocemos su tamaño pero a veces no nos damos cuenta de que no están formadas por un solo bloque, sino que al igual que los nudos se superponen en estratos imbricados mutuamente que requieren un tratamiento individualizado si queremos liberarnos de ellos.
No era pues, un solo nudo. Con paciencia fui descubriendo que bajo un nudo había otro…y otro. No podía acceder al nudo base sin haber liberado los anteriores. Así nos sucede cuando hay una emoción enquistada en el alma. Nunca está sola. Se compone de capas de una trama delicadísima que han de sanarse una a una.
Finalmente, no puede liberar el último nudo. Ahí está, junto al osito, para recordarme que he caído, que me he enredado muchas veces y que de no cuidar mis afectos volverá a engrosarse el nudo hasta que pierda la misión de sostenerle. Pero ahora, al menos, puede moverse a pesar de las dificultades.
Está aprendiendo a desplazarse con ellas.

DOMINGOS LITERARIOS


DESPUES DE TI…

   ...Y ahora,
después de haber anclado en tu puerto,
¿qué queda sino un abismo insondable
de tiempos muertos y sollozos
del pecado,
qué, si no infiernos de angustia
y desespero,
fuegos fatuos en noches
de paquidérmica agonía,
arácnidos de luto por la frente
y espinas de turbios peces
en la playa del pecho
desolada?
   Recorro descalza los caminos
de la vida;
hay lodo en los inviernos
e infinito polvo sucio en los estíos
sin dios,
migajas del festín, fondas frías,
ventas de hollín y navajas afiladas
urdiendo turbios complots
contra las horas.
   Hay  
la lepra de los días
depositándose en los labios,
como costra de nieves sin nombre,
y la eternidad
de un mundo en alquiler;
los sótanos,
los posos sucios de la fe agotada,
los aljibes de las cuencas yertos,
las dunas arteriales
y el regazo
de la madre ausente.
   Y hay también
la muerte garnde en la memoria
por haber mordido del fruto
del árbol prohibido,
del Árbol de la Ciencia
del Bien
y del Mal.

Autor: Victor H. Istriati

sábado, 12 de mayo de 2012

ESTIMA PROPIA

En la base de todas frustraciones, adiciones, excesos, depresiones y sufrimientos está la falta de amor por uno mismo. A veces no queremos reconocerlo y nos empeñamos en asentir ante la pregunta de si realmente nos apreciamos.
 Ejercemos una especie de autoengaño que cubre con un denso velo nuestros verdaderos sentimientos hacia nosotros y enmascara y culpabiliza a otros de lo que nos sucede.
Tener éxito, haber logrado méritos académicos, ser atractivo, lograr una posición social acomodada…parece que implica ser felices y haber sabido manejar nuestra vida. Incluso nos sitúa, ante nosotros mismos, en una especie de pedestal desde el que no podemos vernos sino en altura y no en profundidad.
Si reconocemos tener adicciones, ser codependientes, temer la soledad, estar inseguros ante los cambios o ser reiterativos con pensamientos en los que no nos creemos merecedores de que el universo esté a nuestro favor…entonces la respuesta sobre la estima propia es indudablemente negativa.
Siempre esperamos que el amor, la esperanza o la felicidad sean estados que se crean con condiciones externas. Muy a menudo nos perdemos en querer a los otros de forma única, incondicional y autoexcluyente. Nos enseñaron que querernos a nosotros mismos es un acto egoísta que debíamos evitar. Incluso que reconocer nuestras virtudes era reprobable si procedía de nosotros. Sin embrago, nunca hubo trabas para lo contrario. Es más, detectar los errores, reconocer las culpas y explorar nuestras debilidades  nos honraba.
Aprendimos, paulatinamente, que los demás lo importaban todo y que nosotros debíamos quedar en un último plano en el cual algún día se nos reconocería, siempre desde fuera, la misión y la entrega para el resto.
Las reglas del juego estaban equivocadas. Tenemos que hacer balance entre lo que hacemos y lo que sentimos. Comprobar si el resultado final es acorde con lo que nos sucede y llegar a la conclusión de que debemos acercarnos, antes de nada, a nuestro centro interno para no mendigar cariño, ni doparnos con afectos robados  que nos ayuden a escaparnos de lo que verdaderamente sentimos.
Es tiempo de encontrar en amor en el interior para beber de la fuente eterna del puro sentimiento y poderlo vivir sin límites, más tarde, sin la necesidad de esperar recibir a cambio.
Estamos  a tiempo de desaprender la falta de autoestima y asumir nuestra identidad sumergiéndonos en el profundo, amplio y extenso corazón que nos protege.