Abriendo la puerta...

"Si no tenemos paz dentro de nosotros, de nada sirve buscarla fuera"

Francoise de la Rochefoucauld


domingo, 26 de enero de 2014

DOMINGOS LITERARIOS



 SEDÚCEME...

Sedúceme con tu mirada infinita

 llena de esperanza a fondo perdido,

sedúceme con tus ganas pequeñitas

en el medio del la vida,

 en el silencio y en el ruido.

Sedúceme despierto y aún dormido.

Destapa el velo que me cubre,

Mírame en el desnudo de mi frío,

Entiéndeme sin palabras cuando te miro

Y dime lo que siempre he querido.

Sedúceme lentamente, sin miedo 

Sin prisa, sin límites hasta que estés perdido

En el confín de mi entrañas que te desean

Cuando estás seguro y cuando no estás convencido.

Sedúceme despacio, como si nunca hubieses bebido

De la fuente que mana siempre

El fuego ardiente del deseo prohibido.


sábado, 25 de enero de 2014

DEJAR QUE TE QUIERAN



         Uno de los deseos más profundos que todos tenemos es que nos quieran. El amor es una especie de deseo universal por el que todos decimos vivir, luchar y hasta morir. Sin embargo, me voy dando cuenta de que lo más importante y previo para que el amor fluya, es permitirlo.
         Esto que acabo de decir parece algo obvio. ¿Quién no va a permitir el amor?. Realmente, creemos que nadie se niega al amor, que lo deseamos tanto que en cualquier momento estaríamos dispuestos a recibirlo o a no dejarlo marchar. Pero las cosas no son así.
         En muchas ocasiones, el amor nos roza y no le dejamos entrar. Para que se acomode en el alma hay que sacar afuera el rencor, la envidia, el recelo y sobre todo, el miedo. Tenemos terror al amor. En ocasiones, la mayoría es una autodefensa. ¿Pero realmente tenemos que defendernos de él?. Por supuesto que no. De lo que hay que defenderse es de los temores propios, de la falta de confianza en uno mismo y de la baja autoestima que todo lo empaña.
         Dejar que te quieran es equivalente a permitir el amor. Realmente,  si dejas que el amor suceda, si le abres el camino…se acercará  a ti. No hay ni siquiera que estar preparado porque nacemos capacitados para amar. A eso no hay que aprender pero si hay que quitar los obstáculos que vamos poniendo en el camino, día a día, cuando vamos creciendo.
         Cuando decimos “Te amo” estamos ejecutando una acción que se termina en sí misma. Si lo cambiamos por “te estoy amando” logramos proyectarla en un presente continuo siempre inacabado. Amar es un verbo sin terminar, una acción sin límites que nunca debe pasar a ser sustantivo. El estatismo está reñido con el amor. Éste siempre es dinámico, cambiante, y camaleónico. El amor nunca es el mismo. Para ser amor de verdad  tiene que pasar por la mayor prueba de fuego, transformarse a cada paso, ir pegado a la piel del amante y seguir su  capilaridad.
         Dejar que te amen es tan placentero que se nos olvida responder con lo mismo y, a veces, nos acomodamos a recibir y restringimos lo que damos. Es una especie de egoísmo instintivo que responde a dejarnos llevar por el delicioso gusto de sabernos queridos y la rácana costumbre de pensar que el resto necesita menos amor que nosotros.
         De poco vale que  nos quieran si no dejamos que ese amor nos cale y impermeabilice nuestro corazón de forma que nunca llueva sobre mojado.
          Yo amo mucho. Pero también dejo que me amen y lo recibo siempre con un inmenso agradecimiento. Tanto que saber que me quieren, me basta para abrir la puerta que de acceso a la cámara sagrada del amor que todo lo puede.

jueves, 23 de enero de 2014

SABER ESPERAR



La mayoría de las teorías del pensamiento oriental nos hablan de las realidades que vivimos como creadas por nosotros. Una especie de conducta que sigue un mapa que previamente habríamos diseñado según nuestras necesidades de evolución.
Es difícil creer esto, nos cuesta pensarlo y nos resistimos a que sea verdad. Sobre todo cuando lo que parece que llega, fruto del azar y la casualidad, es doloroso para nosotros.
 Hacernos responsables de ello cae fuera de nuestra consciencia y de ninguna manera podemos asumir el coste que tiene la idea de ser protagonistas de una historia que habríamos ideado en otra dimensión, en otro paradigma, con otro estado. Sin embargo, a veces, si nos adentramos muy el fondo de nuestra alma, del corazón e incluso de la mente encontramos respuestas que van sucediéndose ante nuestras incógnitas.
Nos suceden experiencias extrañas, pasamos por momentos que nos hacen daño, repetimos dolores viejos y siempre terminamos creyéndonos  víctimas de un destino que se empeña en ir en contra nuestra. Pero algo habrá de responsabilidad en lo que nos pasa.
Tenemos miedo a que vuelva a sucedernos lo que nos duele. Pensamos que no vamos a conseguir algo o que perderemos lo que ya tenemos. En ambos casos, la clave está en no necesitar o en no hacer de la necesidad el pilar de nuestra vida.
Solo hay que esperar, saber tener paciencia, encontrarnos con lo que tememos y preguntarle por qué nos asusta tanto.
¿Qué puede pasar?. En cualquier caso la respuesta es nada. Todo sigue igual. Todo seguirá adelante, con nosotros o sin nosotros.
Nuestra vida es una experiencia propia que debe vivirse desde dentro aunque se exprese y se proyecte afuera en la que se debería hacer un balance continuo, como un hábito automatizado que te permitiese entender lo que vives y para qué lo vives cuando sucede.
Posiblemente, si comprendiésemos que la serenidad y el poder, está en no afanarnos en el deseo, todo fluiría con facilidad y la mayoría de los miedos nos dirían adiós.
Yo lo siento así. Creo que es el primer paso para ponerlo en práctica.

miércoles, 22 de enero de 2014

EL AMOR Y LA LOCURA




“Es una locura amar,
a menos que se ame con locura…”


Este texto que hoy compartimos en nuestro rincón, seguro que es conocido por la mayoría. Hoy lo volví a encontrar y me siguió encantando.
Aquí os lo dejo…



EL AMOR Y LA LOCURA
Cuentan que una vez se reunieron todos los sentimientos y cualidades del hombre. Cuando el
aburrimiento bostezaba por tercera vez, la locura como siempre tan loca propuso: "Vamos a jugar al los escondidos". La intriga levantó el ceño extrañada y la curiosidad sin poder contenerse preguntó:

¿A los escondidos? ¿Y eso cómo es?

Es un juego, explicó la locura, en que yo me tapo la cara y comienzo a contar desde uno hasta un millón, mientras ustedes se esconden, y cuando ya haya terminado de contar, el primero de ustedes que yo encuentre, ocupará mi lugar para continuar el juego.


El entusiasmo bailó secundado por la euforia y la alegría dio tantos saltos que terminó de convencer a la duda, e incluso a la apatía, a la que nunca le interesaba nada. Pero no todos quisieron participar,
la verdad prefirió no esconderse. ¿Para qué? Si al final siempre la hallaban, y la soberbia pensó que era un juego muy tonto, en el fondo lo que le molestaba era que la idea no hubiese sido de ella, y la cobardía prefirió no arriesgarse.

Uno, dos y tres, empezó a contar la locura.

La primera en esconderse fue la pereza que como siempre se dejó caer tras la primera piedra del
camino. La fe subió al cielo y la envidia se encontró tras la sombra del triunfo, quien por su propio
esfuerzo había logrado subir a la copa del árbol más alto.

La generosidad casi no alcanzaba a esconderse, cada sitio que encontraba le parecía maravilloso para alguno de sus amigos, que si un lago cristalino para la belleza; que si la hendija de un árbol: perfecto para la timidez; que si el vuelo de una mariposa: lo mejor para la voluptuosidad, que si una ráfaga de viento: magnífico para la libertad, y así terminó en ocultarse en un rayito de sol.

El egoísmo, en cambio, encontró un sitio muy bueno desde el principio, ventilado, cómodo, pero solo para el. La mentira se escondió en el fondo de los océanos, mentira, en realidad se escondió detrás del arco iris, y la pasión y el deseo en el cuarto de los volcanes. 

El olvido, se me olvidó donde se escondió, pero, eso, no es lo importante, Cuando la locura estaba contando 999.999, el amor aún no había encontrado sitio para esconderse, pues todo estaba ocupado, hasta que al fin divisó un rosal y enternecido decidió esconderse entre sus flores.

Un millón!, contó la locura, y comenzó a buscar. La primera en aparecer fue la pereza solo a tres pasos de una piedra. Después se escuchó a la fe discutiendo con Dios sobre zoología y a la pasión y el deseo las sintió en el vibrar de los volcanes. En un descuido encontró a la envidia, y claro, pudo deducir donde estaba el triunfo. El egoísmo no tuvo ni que buscarlo, el solito salió de su escondite, resultó ser un nido de avispas.

De tanto caminar, sintió sed y al acercarse al lago descubrió la belleza, y con la duda resultó todavía
más fácil, la encontró sentada cerca sin decidir aun de que lado esconderse.

Así fue encontrando a todos. El talento, entre la hierba fresca, a la angustia, en una oscura cueva, a
la mentira, detrás del arco iris, mentira si estaba en el fondo de los océanos, y hasta encontró al olvido, ya se le había olvidado que estaba jugando a los escondidos.

Pero solo el amor no aparecía por ningún sitio. La locura buscó detrás de cada árbol, bajo cada arroyuelo del planeta, en las cimas de las montañas, y cuando estaba por darse por vencido divisó un rosal, tomó una horquilla y comenzó a mover las ramas, cuando de pronto, un doloroso grito se escuchó. Las espinas habían herido los ojos del amor. La locura no sabía que hacer para disculparse, lloró, rogó, imploró, pidió perdón y hasta prometió ser su lazarillo. Desde entonces, desde que por primera vez se jugó a los escondidos en la tierra, el amor es ciego y la locura
siempre lo acompaña.


http://www.pilarsocorro.com/textos/Textos_04/Amor%20y%20Locura.htm

martes, 21 de enero de 2014

EL PENSAMIENTO CREADOR



No cabe duda que a todos nos  ha pasado pensar en alguien o en algo, que hace tiempo a quien no ves o no encuentras,  y tropezarnos con esa persona a los pocos días o de forma inmediata.
         Hay sensaciones, intuiciones o ideas que cuando aparecen en la mente, la realidad se pone en marcha para responder a nuestro mandato espontáneo. Muchas veces ni siquiera es consciente lo que nos sucede y solamente se reconoce una vez que nos ocurre.
         El pensamiento crea. Lo que se origina en el corazón, lo que necesita éste, la mente lo busca y el cosmos, entonces, se pone a nuestro servicio.
         Sucede también con la necesidad de recibir una solución a problemas que parecen no tenerla, de solicitar una ayuda cuando uno está perdido, de buscar un apoyo cuando no hay muletas que nos sujeten.
         Suele decirse que “cuando el alumno está preparado, el maestro aparece” y yo añado, cuando la solución se necesita de inmediato, llega.
Todo depende del diálogo interior que tengamos con nosotros mismos, de las peticiones que hagamos a nuestros guías espirituales, de las que dirigimos a los que no están pero de algún modo se mantienen con nosotros, de la fuerza y la intención, desde el centro del corazón, que lancemos al universo que nos cobija y sobre todo, del convencimiento de que las respuestas llegarán a nuestra cabeza antes de que los desastres ocurran.
          Sigo creyendo que lo que uno cree, crea. Y es que cuando a veces estamos a punto de tirar la toalla, algo llega a nosotros, algo aparece cerca, algo nos toma de la mano y nos da un empujoncito para seguir.
         Tal vez sea uno mismo el que crea las necesidades y las satisface. Posiblemente nuestro dios interior responda ante lo que nos reta después de advertir la imposibilidad de hacerlo mejor cuando  llegamos al límite.
         Sea como sea, cuando tememos, dudamos, nos angustiamos o estamos asolados ante un problema no se me ocurre nada mejor que detenernos y recogernos adentro. Preguntar y esperar la respuesta, abrir los ojos y ver las señales, pensar y encontrar la solución que llega seguro cargada de que está diseñado a nuestra medida.
         Yo lo creo así y esa fe me salva muchas veces.