El código genético que determina cada característica de nuestro cuerpo también existe para el estado emocional y los rasgos de nuestra predisposición a la euforia o a la tristeza. Es una ruta maravillosa y espectacular que sería increíblemente bonito poder rastrear.
Podemos imaginarnos buceando en las cadenas emocionales de 500 generaciones antepasadas (que son las que se prevén que pueden manifestarse en cada ser individual), descubriendo paraísos e infiernos que llegaran a explicarnos por qué nos comportamos como lo hacemos y de qué forma tenemos pegados a la piel determinados rasgos del temperamento con los que no podemos.
Igualmente sería toda una aventura poder visualizar nuestras pasadas existencias; ahí quietos en el estupor de sentir en nuestra carne los azotes de otras emociones en protagonistas distintos. Cayendo en pedazos o subiendo gloriosos a lo más alto de la estima.
Podríamos experimentar cada lágrima vertida como un crisol capaz de recoger nuestro dolor y transformarlo. Seríamos capaces de perdernos dulcemente en cada sonrisa recibida, en las caricias y el los tiernos besos que otros labios pusieron sobre los nuestros; esos que sin ser lo que tenemos nos pertenecían sin saberlo.
La aventura de imprimir todas esas sensaciones en nuestro espíritu equivaldría a recomponer el puzle emocional del que estamos hechos. Abriría las puertas del alma para que saliesen los complejos, los temores, las mentiras, los miedos y las culpas con las que cargamos como un pesado saco cada vez más lleno.
Dispuestos a sentirnos eternos decidiríamos qué hacer con los errores acumulados. Sabríamos invertir en felicidad, cada palabra o pujar por el amor, a cada instante. Comeríamos del árbol prohibido porque ya las manzanas se habrían convertido en dulces sabrosos caídos por la ternura. Y la vida, ese sueño permanente de algún dios, estaría a nuestro favor por siempre.
Me gustaría bucear en ti, también. Poder colarme entre tus poros y sentir lo que han sentido los que has sido para conocerte y amarte más.
Hacer de cada instante un tiempo medido sin reloj a golpe de corazón y vivir sabiendo que el sentido está en traspasar la individualidad para gozar de todo lo que no soy yo. De todo lo que no tiene barreras, ni condiciones, ni estereotipos, ni siquiera historia hecha por los que siempre vencen. Gozar infinitamente de sentir que tú y yo…somos lo mismo.