domingo, 29 de marzo de 2026

LAS PALABRAS ROTAS

 Dar tu palabra era, antiguamente, el mayor garante del honor y la dignidad de una persona cuando se comprometía en algún asunto. Ahora, todo parece haber cambiado mucho.

 

         El lenguaje nos ha hecho humanos. Ha configurado el cerebro y ha conseguido coordinar sus funciones con sentido lógico al comunicarnos entre nosotros. El lenguaje es mucho más importante de lo que pensamos. Con las palabras, creamos. Podemos dar la vida o quitarla. 

 

Cuando las palabras animan, motivan, alientan…todo parece posible en ti; cuando, por el contrario, arrebatan, transgreden, degradan…todo puede caer en nuestra autoestima y volver ante el mundo con las defensas caídas y los escudos partidos.




 

         Muchas veces, muchísimas, no somos conscientes del valor y la trascendencia de las palabras que decimos.

 

         La balanza está desequilibrada. Una veces hablamos demasiado y otras callamos en exceso. Lo que seguro hacemos muy deficientemente es escuchar. En la mayoría de las ocasiones oímos a la otra persona para responderle algo con rapidez, en vez de escucharla para comprenderla. 

 

         Otras veces, empleamos palabras muy grandes en situaciones envueltas en pasiones puntuales que no demasiado relevantes. Prometemos y nos comprometemos cuando la euforia nos invade. Decimos y desdecimos cuando el arrebato, la cólera o la rabia se hacen presentes. Pero solemos arrepentirnos de todo ello al reposar las emociones.

 

         Hemos de cuidar lo que decimos. Debemos tener cuidado de no “romper” con nuestras palabras a las personas cercanas o de  “romper” éstas mismas, si no estamos seguros de querer cumplirlas.

 

         En definitiva, hoy se habla demasiado porque nos hemos educado en la cultura de la “palabra”, de creer que ella lleva a entendernos, a consensuar y comprendernos para sacar conclusiones y poder actuar mejor. Lo que no nos enseñaron bien es que también con ella podemos confundirnos, atacarnos y demolernos.

 

         Cuidado con lo que dices y atento a lo que escuchas. Ambas acciones, bien realizadas, son las mejores herramientas para no traspasar líneas rojas sin impunidad ni sonrojo. Ambas, nos ayudarán a ser más empáticos y a resistir los embates de la vida y de las personas que lo usan como un arma arrojadiza del paleolítico, sin medir la dimensión de lo que perjudica y a quién.

 

         

         

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