jueves, 14 de enero de 2016

LA RANA QUE QUERÍA SER AUTÉNTICA



              Había una vez una rana que quería ser una Rana auténtica, y todos los días se esforzaba en ello.
Al principio se compró un espejo en el que se miraba largamente buscando su ansiada autenticidad.

        Unas veces parecía encontrarla y otras no, según el humor de ese día o de la hora, hasta que se cansó de esto y guardó el espejo en un baúl.

            Por fin pensó que la única forma de conocer su propio valor estaba en la opinión de la gente, y comenzó a peinarse y a vestirse y a desvestirse (cuando no le quedaba otro recurso) para saber si los demás la aprobaban y reconocían que era Rana auténtica.

           Un día observó que lo que más admiraban de ella era su cuerpo, especialmente sus piernas, de manera que se dedicó a hacer sentadillas y a saltar para tener unas ancas cada vez mejores, y sentía que todos la aplaudían.

           Y así seguía haciendo esfuerzos hasta que dispuesta a cualquier cosa para lograr que la consideraran una Rana auténtica, se dejaba arrancar las ancas, y los otros se las comían, y ella todavía alcanzaba a oír con amargura cuando decían qué buena Rana, que parecía Pollo.
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¡Ser auténticos!...uno empieza su vida con estas ganas. Empieza siendo transparente. Dándose a los demás sin pensar lo que los otros puedan hacer con los pedazos de corazón que se van dejando.
Posiblemente más tarde nos ponemos un caparazón porque comenzamos a entender que ni todos son como pensamos, ni todos piensan como nosotros.
Por último, cuando uno logra entender que dar gusto a los demás solo sirve para perderse a uno mismo, volvemos al caminar hacia la autenticidad.
 Cada vez nos importa menos lo que opinen los que nos observan. Cada vez, hacemos menos caso de convencionalismos y críticas. Cada vez actuamos más desde y con el corazón porque acabamos comprendiendo que no hay otro camino que el que nos lleva hacia lo mejor de nosotros mismos. Y ese está muy bien definido. Elegir siempre lo que nos haga sentir bien.
Coherentes con nosotros mismos. Centrados en lo que está de acuerdo con nuestras convicciones.
Que el espejo y tú seáis lo mismo.


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