miércoles, 11 de septiembre de 2013

EL VENENO DE LA IRA

         La ira envenena a uno mismo. Te obliga  a lanzar curare sobre los demás y anula tu capacidad de razonamiento. Se trata de una  emoción tóxica y negativa que en vez de ayudar a defender tu posición, la invalida.
         En ocasiones lo que esperamos de los demás no es lo mismo que nos llega de ellos o porque no nos lo pueden ofrecer o porque nuestras expectativas son desmedidas con respecto a la realidad. Muchas veces hemos aludido a las bondades de no desear o a la buena práctica de no esperar algo concreto de los demás. Las amistades, los amores, los familiares, incluso, deben ser siempre un regalo. Y si como regalo lo estimásemos nada de lo que nos sienta mal sucedería.
         Frecuentemente, sufrimos innecesariamente. Nos juega malas pasadas el denominado “pensamiento mágico”. Creemos que una persona a la que estimamos debe responder de una forma particular y cuando apreciamos cómo ha actuado y comprobamos que se desvía de lo que esperábamos se enciende la ira en mayor o menor medida.
         Cuando no perdonamos, la ira continúa por debajo de las excusas que nos ponemos a nosotros mismos para justificarnos. No podemos restablecer nuestro equilibrio cuando nos sigue doliendo que el otro no actúe como esperamos y en realidad, no tiene por qué hacerlo.
         Cada cual debe comportarse de acuerdo a su forma de ser y estar en el mundo, otra cosa será nuestra aceptación. Podemos estar de acuerdo o no, podemos incluso opinar sobre lo que nos agrada o desagrada de ello pero lo que no podemos es doblegarlo a nuestros intereses o necesidades.
         No podemos evitar sentir lo que sentimos, lo único que podemos hacer es tomar postura ante ello y actuar en consecuencia. Uno no puede dejar de sentir desprecio o de permanecer embargado por la envidia, los celos o incluso el rencor, pero lo que si podemos es salir corriendo de la ira y refugiarnos en nuestra alma dejando que estos sentimientos reposen y se sequen. Forzándonos a ser selectivos con lo que permitimos entrar en el corazón y dándonos el tiempo necesario para poder seguir adelante con las mejores muletas que nos apoyen: la fuerza de la creencia en nosotros mismos y en lo que está por llegar.

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